Más de ochenta personas. Mujeres, ancianos, hombres, niños en brazos y otros ya corriendo en espera de que les abran las puertas a un cielo, a un nirvana que añoran, y que por sus rostros esperanzados parece que van al encuentro con fantásticos objetos inmateriales, con mágicas medicinas que les apaciguarán y por qué no, les desaparecerán cualquier dolor físico o carencia que también sus semblantes y vestidos reflejan.
Los he visto por un par de minutos. No es la primera hora de la mañana, así que no sabré cuantas vueltas al reloj han dado las manecillas grandes ni las pequeñas desde que ellos empezaron a arremolinarse. Por los colores de las faldas, se que varios vienen de muy lejos. Bueno, en verdad no son tantos los kilómetros, pero los deplorables caminos que bajan de La Perla han instaurado un sinuoso y prolongado trayecto.
Unos señores de piel morena y manos aún más oscuras, hablan animosos entre ellos. Un joven abraza embusteramente cariñoso a una chica que en menos de tres meses podrá llamar su mujer, ambos uno encima del otro, se arriesgaron a recargarse en una de las ventana del palacio glorioso. Otra mujer regaña a sus pequeños, uno de los cuales seguro no es hijo suyo, tal vez sea hijo de su vecina o de su hermano, pero lo ha traído hasta aquí para que reciba la parte de su regalo de cielo, para que vea por primera vez que existe un mundo de caricatura, que acaricie e intente montar los coloridos carruajes de un rey europeo y que se maraville al descubrir la caja mágica más grande que pueda imaginar, aquella arca que se ríe, que espanta a los que se atreven a poseerla, ese baúl que no deja dormir y que muchas veces escribe los sueños de la noche y aún roba los de la vida.
Paso exactamente por la esquina del castillo. Aunque haciendo distintas diligencias y movimientos, los más de ochenta esperan todos ansiosos, ya no soportan más las ganas de caminar por esos pasillos blanquecinos, llenos los techos de luces como estrellas. Este palacio es tan distinto a sus habitaciones de cartón y madera. Aquí está lleno de cristales y de aparatos de sonido con etiquetas de seis mil ochocientos pesos. Aquí hay más de un baño para los invitados, aquí aprietan un botón y mágicamente aparece agua en lo que ellos no saben que se llaman excusados. En este majestuoso edificio hay una música de fondo distinta a los cánticos de los grillos de la sierra mojada, lo que les exacerba el deseo de poseer todo lo que miran, aunque no conozcan su utilidad. En esta casa de muchos pisos hay varios competidores que se prueban zapatos puntiagudos que en pisos de tierra pronto acabarán por descarapelarse.
Hay familias completas que esperan. He dado la vuelta por la esquina y las puertas han sido abiertas.
- ¡A correr!
- ¡Apúrale chamaco que el vestido rojo que quiero (aunque mi cuñada ya lo tiene, pero en amarillo) me lo van a ganar!
- Amor, ¿Nos compramos la pantalla más grandotota que veamos?
Van entrando a empujones pero ya sonríen. Unos irán a pagar primero los ciento veinticuatro pesos de esta semana, para abonar a la deuda del celular que le compraron a la hija hace catorce meses y que ya no quiere usar porque vio en la caja de colores chillantes que ya hay uno que sirve de espejo y que ninguna de sus amigas de la tele (telesecundaria) tiene todavía.
Unos vienen de La Perla , otros de la sorprendente sierra de Zongolica. Casi llego al final del palacio y recuerdo las historias que mi abuelo Abraham me contaba, de las condiciones de opresión y feudalismo que inundaban Orizaba antes de la gran huelga textil, donde unos señores funcionaban como amos de los esclavos obreros y de sus esposas e hijos.
Cuando recuerdo esas pláticas de mi abuelo regulares en mi casa por las noches, las dibujo en blanco y negro, pero este domingo veo el palacio Coppel a colores, veo la estridente blusa rosa de esa niña que juega con la muñeca de los ojos verde tomate. ¿Qué no me contó que en los años que él nacía, a los más pobres les imponían los productos que podían consumir únicamente?. ¿Qué no explicaba que los obreros pagaban hasta cuatro o cinco veces el valor real de un litro de leche?. ¿Qué no logré distinguir que él mismo se asombraba que después de tantos años los hombres parecían contentos de entregar no sólo sus horas de trabajo a las fábricas textiles, sino de entregar sus vidas completas en las libretas de registro de deudas.
¿Por qué en este palacete no cuelga a colores o aunque sea en blanco y negro un letrero:“Tienda de raya”?.
lunes, 17 de mayo de 2010
viernes, 7 de mayo de 2010
El tiempo de los lápices
Un buen montón de lápices fue reloj
Unos encarnaban seis meses, otros quizás dos
Eran manecillas cuyo ritmo dependía de mi voz
Susurros y acciones sujetos a escribirse en papel
Decidir escribir a lápiz o a pluma
Era acelerar los pasos a la puerta de salida
Si las puntas menguaban, el tiempo sería menor
Si los lápices se mantenían erguidos, lapsos transcurrirían
Tiempo por venir, no del que huele a adversario
Sino del que en demasía se sabe qué transitará
Había unos negros, otros del común amarillo
Uno muy peculiar, color café, con letras de un hotel paulista
Todos con puntas agudas, pues con frecuencia
Daba pasos para hacerlos más esbeltos
Lo hacía agitando mis manos para sentir el poder
De ser el dueño del tiempo, ocasión de una sola vez
Lápices no venían más, procuraba no echar más meses al corral
Nunca los tuve contados, desidia envuelta de irresolución
Algunos días reparaba en ellos, otros ni ojos ni voz
Siempre al lado izquierdo esperando una función
Varitas inertes, pero propietarias del don mejor
Lo sabían perfecto y seguro en la noches reían atroz
Calendario extraño mi mente instituyó
No eran meses, eran lápices con huesos de carbón
No hubo estaciones, desconozco si registran el calor
Cercados por una caja plástica ahora son memorias
El fuego transgresor de la vida los ha calcinado
Y el leñador que dotó la hoguera no he sido yo
Unos encarnaban seis meses, otros quizás dos
Eran manecillas cuyo ritmo dependía de mi voz
Susurros y acciones sujetos a escribirse en papel
Decidir escribir a lápiz o a pluma
Era acelerar los pasos a la puerta de salida
Si las puntas menguaban, el tiempo sería menor
Si los lápices se mantenían erguidos, lapsos transcurrirían
Tiempo por venir, no del que huele a adversario
Sino del que en demasía se sabe qué transitará
Había unos negros, otros del común amarillo
Uno muy peculiar, color café, con letras de un hotel paulista
Todos con puntas agudas, pues con frecuencia
Daba pasos para hacerlos más esbeltos
Lo hacía agitando mis manos para sentir el poder
De ser el dueño del tiempo, ocasión de una sola vez
Lápices no venían más, procuraba no echar más meses al corral
Nunca los tuve contados, desidia envuelta de irresolución
Algunos días reparaba en ellos, otros ni ojos ni voz
Siempre al lado izquierdo esperando una función
Varitas inertes, pero propietarias del don mejor
Lo sabían perfecto y seguro en la noches reían atroz
Calendario extraño mi mente instituyó
No eran meses, eran lápices con huesos de carbón
No hubo estaciones, desconozco si registran el calor
Cercados por una caja plástica ahora son memorias
El fuego transgresor de la vida los ha calcinado
Y el leñador que dotó la hoguera no he sido yo
jueves, 18 de febrero de 2010
La mente latinoamericana mía
Si estuviera por nacer de seis vientres distintos en este momento, escogería brotar de aquella grieta morena y criolla con dolores cicatrizados en la piel y el alma. Elegiría ver la luz de un sol violento y dulce a la vez. Distinguiría que las primeras manos que tocaran mi tersa piel fueran aquellas que han labrado tierra fértil y amasan mezclas de maíz. Me empeñaría en emitir mi primer llanto desgarrante en tierra llamada americana…
Existe un aforismo acerca de la literatura latinoamericana. Se dice que Chile ha generado poetas; La Argentina, cuentistas; México, novelistas y Uruguay raros. Si hago recuentos y recorridos bibliotecarios, esto podría ser un precepto. La Mistral sintiendo los “Sonetos de la muerte” en los que: …y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir… Esa mujer con piel de aire que deja su ser sentir. Los cuentos argentinos, innumerables ficciones con firmas cortázarianas y borgianas. La novela mexicana con “Los de Abajo” como estandarte, donde la desgracia queda viva sin tiempo de caducidad. “Los relámpagos de agosto” de Ibargüengoitia aquel ágil y escurridizo (que tanto su apellido me gusta pronunciar) con humor acerca de los sueños no cumplidos de la Revolución Mexicana, aunque en verdad “Maten al león” es la que quiero leer. Y qué de mi Onetti, voluntad voluble, congruente con la vida santamariana, orgullo actual de Montevideo, de un hombre que sentía la respiración como aliento en lleno. Qué de Juana de Ibarbourou, La Juana de América, poetisa revolucionaria, presuntuosa de su género y amante de la vida misma, a la que no le refuta nada, porque así es ella – la vida-.
Siguiendo la anterior máxima, en el primer capítulo nazco mexicano. Seguiré gastando tinta en la novela diligente de mi vida sobre papel de tierras americanas. Los siguientes episodios lo mismo en montañas salvadoreñas con vientos salados del pacífico que en las sucias calles bonaerenses llenas de cafés con escasa o profusa historia (algo que contar al fin). Podrían contarse dentro de la ciudad blanca de Sucre, o en medio de los pantanos amazónicos apenas con algo de lumbre. O da igual ¿Por qué no? en el final de los campos bogotanos.
Siento mi corazón sembrado entre tierras húmedas del trópico, que algunas veces yace en los desiertos salares bolivianos y se alimenta de pastos semiverdes del bajío mexicano. No necesita lenguas extrañas para roer entre mis médulas. La esencia de mi vida se refresca con agua ligera del Orinoco y sus ojos miran el mundo desde el Aconcagua.
Si estuviera por nacer de seis vientres distintos en este momento
Escogería brotar de aquella grieta morena y criolla con dolores cicatrizados en la piel y el alma
Elegiría ver la luz de un sol violento y dulce a la vez
Distinguiría que las primeras manos que tocaran mi tersa piel fueran aquellas que han labrado tierra fértil y amasan mezclas de maíz
Me empeñaría en emitir mi primer llanto desgarrante en tierra llamada americana…
Donde también me dejaría morir
Existe un aforismo acerca de la literatura latinoamericana. Se dice que Chile ha generado poetas; La Argentina, cuentistas; México, novelistas y Uruguay raros. Si hago recuentos y recorridos bibliotecarios, esto podría ser un precepto. La Mistral sintiendo los “Sonetos de la muerte” en los que: …y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir… Esa mujer con piel de aire que deja su ser sentir. Los cuentos argentinos, innumerables ficciones con firmas cortázarianas y borgianas. La novela mexicana con “Los de Abajo” como estandarte, donde la desgracia queda viva sin tiempo de caducidad. “Los relámpagos de agosto” de Ibargüengoitia aquel ágil y escurridizo (que tanto su apellido me gusta pronunciar) con humor acerca de los sueños no cumplidos de la Revolución Mexicana, aunque en verdad “Maten al león” es la que quiero leer. Y qué de mi Onetti, voluntad voluble, congruente con la vida santamariana, orgullo actual de Montevideo, de un hombre que sentía la respiración como aliento en lleno. Qué de Juana de Ibarbourou, La Juana de América, poetisa revolucionaria, presuntuosa de su género y amante de la vida misma, a la que no le refuta nada, porque así es ella – la vida-.
Siguiendo la anterior máxima, en el primer capítulo nazco mexicano. Seguiré gastando tinta en la novela diligente de mi vida sobre papel de tierras americanas. Los siguientes episodios lo mismo en montañas salvadoreñas con vientos salados del pacífico que en las sucias calles bonaerenses llenas de cafés con escasa o profusa historia (algo que contar al fin). Podrían contarse dentro de la ciudad blanca de Sucre, o en medio de los pantanos amazónicos apenas con algo de lumbre. O da igual ¿Por qué no? en el final de los campos bogotanos.
Siento mi corazón sembrado entre tierras húmedas del trópico, que algunas veces yace en los desiertos salares bolivianos y se alimenta de pastos semiverdes del bajío mexicano. No necesita lenguas extrañas para roer entre mis médulas. La esencia de mi vida se refresca con agua ligera del Orinoco y sus ojos miran el mundo desde el Aconcagua.
Si estuviera por nacer de seis vientres distintos en este momento
Escogería brotar de aquella grieta morena y criolla con dolores cicatrizados en la piel y el alma
Elegiría ver la luz de un sol violento y dulce a la vez
Distinguiría que las primeras manos que tocaran mi tersa piel fueran aquellas que han labrado tierra fértil y amasan mezclas de maíz
Me empeñaría en emitir mi primer llanto desgarrante en tierra llamada americana…
Donde también me dejaría morir
Etiquetas:
aconcagua,
Ibargüengoitia,
latinoamérica,
mistral,
novela
viernes, 5 de febrero de 2010
Vuelo al sur del alma
Vuelo al sur del alma
Aún cargo algunos granos de arena. Aún se dibujan las olas y los escaños uruguayos en mis persianas cerebrales. Aún las manchas solares reposan en mi piel. Aún regreso con prendas en la valija que no usé. Aún sigo conteniendo turbes e inspiraciones por doquier. Aún sigo siendo el ser que voló el pacífico inquieto y las cordilleras cruzó para poder ver un río convertido en océano, un mar que rivera no quiere ser.
Se presentan escenas nuevas en el drama americano. A tres horas de pisar suelo nativo, los pies se vuelcan a una deriva destinataria. La última noche no se desplegó como la primera, en que las hojas blancas dejaron correr la tinta, en la que la piel seca permitió ser humedecida y en que ojos dijeron que lo divino procedía de arriba. La última luna no parecía tan plena, se ocultaba en las nubes montevideanas, capaces de bajar a tocar tierra apesadumbrada con tal de hacerle saber a los paseantes que en este rincón se cobijan almas desterradas.
Me dí cuenta que para que el alma hable y aflore no necesita luz solar, que las nubes grises son la cortina que oscurece las alcobas para que la voz humana destelle y brille sin rayos que distorsionen las esencias más recónditas del alma, para dar muerte a las reacciones furtivas con que me suelo presentar. Las sombras más oscuras son el marco para hacer lucir las pinturas de la vida diaria, del recorrer apresurado, de la rutina sofocadora, de las frases conocidas, de los saludos ya sabidos, de los caminos aniquiladores -andados con pies agotados en una irreflexión de lo que es vida-.
Las oscuridades se agradecen cuando surgen desde el barrio vecino, pero cuando se coge el vuelo a este destino austral, salir de esta vereda es una torpeza muy factible, pues es saber que los tonos de los que están pintados los más profundos adentros del alma no están en gis de pastel, sino en tonalidades incoloras, con matices grises, con esmaltes olor a carne, con gamas de verde hiel y con tornasoles de sangre.
Aún cargo algunos granos de arena. Aún se dibujan las olas y los escaños uruguayos en mis persianas cerebrales. Aún las manchas solares reposan en mi piel. Aún regreso con prendas en la valija que no usé. Aún sigo conteniendo turbes e inspiraciones por doquier. Aún sigo siendo el ser que voló el pacífico inquieto y las cordilleras cruzó para poder ver un río convertido en océano, un mar que rivera no quiere ser.
Se presentan escenas nuevas en el drama americano. A tres horas de pisar suelo nativo, los pies se vuelcan a una deriva destinataria. La última noche no se desplegó como la primera, en que las hojas blancas dejaron correr la tinta, en la que la piel seca permitió ser humedecida y en que ojos dijeron que lo divino procedía de arriba. La última luna no parecía tan plena, se ocultaba en las nubes montevideanas, capaces de bajar a tocar tierra apesadumbrada con tal de hacerle saber a los paseantes que en este rincón se cobijan almas desterradas.
Me dí cuenta que para que el alma hable y aflore no necesita luz solar, que las nubes grises son la cortina que oscurece las alcobas para que la voz humana destelle y brille sin rayos que distorsionen las esencias más recónditas del alma, para dar muerte a las reacciones furtivas con que me suelo presentar. Las sombras más oscuras son el marco para hacer lucir las pinturas de la vida diaria, del recorrer apresurado, de la rutina sofocadora, de las frases conocidas, de los saludos ya sabidos, de los caminos aniquiladores -andados con pies agotados en una irreflexión de lo que es vida-.
Las oscuridades se agradecen cuando surgen desde el barrio vecino, pero cuando se coge el vuelo a este destino austral, salir de esta vereda es una torpeza muy factible, pues es saber que los tonos de los que están pintados los más profundos adentros del alma no están en gis de pastel, sino en tonalidades incoloras, con matices grises, con esmaltes olor a carne, con gamas de verde hiel y con tornasoles de sangre.
viernes, 15 de enero de 2010
Cinco ángeles haitianos
Existe una línea que fragmenta un territorio. Hay una greca que parte la isla en dos guaridas, la más pequeña es la menos afortunada aunque la otra no esquiva la desventura. Es un montículo que se fracciona, ahí -como en el mundo- no se presentó una oportuna decisión para pertenecer a un segmento, hoy se es dominicano o haitiano por causa de la historia, se agradece al ímpetu conquistador de la Europa expansionista, se tiene como autor al dedo divino que acomoda los muñecos de la maqueta terrenal y a la separación firmada de la isla entre Francia y España bajo el Tratado de Ryswick con tinta que trazaría la dramaturgia de la fábula devastadora sí consumada en esta tierra.
Magia, tomar el hilo de una conversación en las montañas de la sabana perdida dentro de la urbe dominicana con seres a los que esta barriada les parece el paraíso sólo cruzando la indomable franja. Jóvenes virtuosos, con pieles de hojas de cebolla blanca, hombres forjados bajo el sol del caribe haitiano y alentados con abrazos aún más calurosos de una madre que los ha despedido con anhelante llanto al marchar a tierra próspera.
Luca cocinaba arenque (fue el mejor hallazgo del viaje), yo era el crío de esa casa. Samuel después de llegar de dar clases de francés, créole e italiano en la Universidad de Santo Domingo me prestaba l´ordinateur y cuidaba de mí todas las noches. Santiago jugaba conmigo en la calle empinada y era la estrella beau de la tropa. Louis platicaba toooda la tarde, me enseñaba una pila de palabras en créole. Dominique llegaba tarde a casa, después de trabajar en el mercado, en aquel desordenado y alterado espacio de vendimias, donde al verme un día jueves me invitó a adherirme a su hogar comunal, a mirar y conocer, a mirar y reír, a mirar y comer, a mirar y pasear, a mirar y vagar, a mirar y regañar, a mirar y querer, a mirar y realmente ver y creer en seres alados, en esos chicos enormes que se sulfuraban cuando sólo pasaban dos días y desde Puerto Plata no les hacía una llamada.
Sabana perdida, perdida y encontrada por cinco chicos haitianos inusitados en busca de sueños juveniles, de ilusiones carnales, de fantasías tangibles, de delirios humanos, de simple vida humana.
Sabana perdida, perdida y encontrada, donde ángeles del caribe fueron hallados por un niño mexicano.
Para:
Dominique, Samuel, Luca, Santiago et Louis.
Magia, tomar el hilo de una conversación en las montañas de la sabana perdida dentro de la urbe dominicana con seres a los que esta barriada les parece el paraíso sólo cruzando la indomable franja. Jóvenes virtuosos, con pieles de hojas de cebolla blanca, hombres forjados bajo el sol del caribe haitiano y alentados con abrazos aún más calurosos de una madre que los ha despedido con anhelante llanto al marchar a tierra próspera.
Luca cocinaba arenque (fue el mejor hallazgo del viaje), yo era el crío de esa casa. Samuel después de llegar de dar clases de francés, créole e italiano en la Universidad de Santo Domingo me prestaba l´ordinateur y cuidaba de mí todas las noches. Santiago jugaba conmigo en la calle empinada y era la estrella beau de la tropa. Louis platicaba toooda la tarde, me enseñaba una pila de palabras en créole. Dominique llegaba tarde a casa, después de trabajar en el mercado, en aquel desordenado y alterado espacio de vendimias, donde al verme un día jueves me invitó a adherirme a su hogar comunal, a mirar y conocer, a mirar y reír, a mirar y comer, a mirar y pasear, a mirar y vagar, a mirar y regañar, a mirar y querer, a mirar y realmente ver y creer en seres alados, en esos chicos enormes que se sulfuraban cuando sólo pasaban dos días y desde Puerto Plata no les hacía una llamada.
Sabana perdida, perdida y encontrada por cinco chicos haitianos inusitados en busca de sueños juveniles, de ilusiones carnales, de fantasías tangibles, de delirios humanos, de simple vida humana.
Sabana perdida, perdida y encontrada, donde ángeles del caribe fueron hallados por un niño mexicano.
Para:
Dominique, Samuel, Luca, Santiago et Louis.
jueves, 7 de enero de 2010
Arriba del camino
Un día de los de hoy caminé una calle en cuya curvatura me percaté que estoy solo, que mi cuerpo me pertenece y cuya mente, que vive incrustada tratanto de dictar los pasos de los pies de este cuerpo, puedo dirigirla, estando y sintiéndome solo palpe los hilos del empoderamiento, los empecé a tutelar, rara empresa en mi experiencia.
Dí pasos cuyo ritmo inauguralmente entendía, sentí gran parte de lo que contienen y movilizan mis piernas, las sentí mías. Ni el aire ni la pierna del pantalón fueron barrera para hurgar entre mis pieles. Era una pierna, era la otra, es mi alma sin alcoba, es mi espíritu danzando en la pista terrenal, es que floto en las praderas de los hoy, es que avanzo desde el mismo lugar, es no creer palabras.
Es respirar los soplos que mis entrañas origen dan, es alimentarme sin comer (acto desdeñable, de masticar-tragar, de introducirme objetos de color), es que vuelo sobre el aire sólido.
Camino y retrocedo al avanzar arriba del camino, cuyo final inicié.
Dirijo dos piernas en esta calle, le llaman mote, yo carezco de nombre por ello nada para mi tiene significado ni final, ni avanzo ni retrocedo, pero estoy seguro de sentir que Comrichavri en la curvatura de esta calle con nombre impuesto desde el final.
Dí pasos cuyo ritmo inauguralmente entendía, sentí gran parte de lo que contienen y movilizan mis piernas, las sentí mías. Ni el aire ni la pierna del pantalón fueron barrera para hurgar entre mis pieles. Era una pierna, era la otra, es mi alma sin alcoba, es mi espíritu danzando en la pista terrenal, es que floto en las praderas de los hoy, es que avanzo desde el mismo lugar, es no creer palabras.
Es respirar los soplos que mis entrañas origen dan, es alimentarme sin comer (acto desdeñable, de masticar-tragar, de introducirme objetos de color), es que vuelo sobre el aire sólido.
Camino y retrocedo al avanzar arriba del camino, cuyo final inicié.
Dirijo dos piernas en esta calle, le llaman mote, yo carezco de nombre por ello nada para mi tiene significado ni final, ni avanzo ni retrocedo, pero estoy seguro de sentir que Comrichavri en la curvatura de esta calle con nombre impuesto desde el final.
domingo, 3 de enero de 2010
Recorrido a excepción de inicio
Cada grano en las arenas escorias de este mar
Toda la espuma desteñida del olear
Hay luces que no encienden vena ni fugaz
Hilos tejidos y mi corazón tornadizo
Esperan amarrar alas y coger al viento
Perseguir los soplos del poniente esta
Vez con rumbo emanado de la mesa sin altar
Ausencia de rojo, prevalece lo igual
Siento a causa de no pienso
El tiempo no ha existido, corrido he
Cabellos secos, pues sales suavizaron
Más de la piel, las entrañas sin ayer
Mis ojos no están a la mira de horizonte
Los he desconectado ya
Duermen pacientes, ministerio heredaron
¡Ay de los signatarios que velan sin lugar!
Bajo la arena reposa este pie
Las grietas fácilmente empiezan a ceder
La yunta compañero presta le espera
Para andar a la orilla del sendero
Que por la tarde hasta el fuego pacífico han de recorrer
Toda la espuma desteñida del olear
Hay luces que no encienden vena ni fugaz
Hilos tejidos y mi corazón tornadizo
Esperan amarrar alas y coger al viento
Perseguir los soplos del poniente esta
Vez con rumbo emanado de la mesa sin altar
Ausencia de rojo, prevalece lo igual
Siento a causa de no pienso
El tiempo no ha existido, corrido he
Cabellos secos, pues sales suavizaron
Más de la piel, las entrañas sin ayer
Mis ojos no están a la mira de horizonte
Los he desconectado ya
Duermen pacientes, ministerio heredaron
¡Ay de los signatarios que velan sin lugar!
Bajo la arena reposa este pie
Las grietas fácilmente empiezan a ceder
La yunta compañero presta le espera
Para andar a la orilla del sendero
Que por la tarde hasta el fuego pacífico han de recorrer
Suscribirse a:
Entradas (Atom)