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domingo, 22 de diciembre de 2024

Ven, baja


Ven, 

Baja y dame un beso

Que esta noche te vas 

Lejos 

Al sur del continente 

Y tu saliva se ha de secar 

 

Ven, 

Baja y permite que mis ojos

Miren los tuyos 

Pequeñitos

Colmados de blanco delicia  

Que no quiero olvidar   

 

Ven, 

Baja y hablemos un poco 

Que tu voz forastera   

Llegue a mi aliento con

Tu melodía

Hasta que aprenda a escuchar 

 

Ven,  

Baja y estrújame a ti

Para calcar tus pechos

Fuertes  

Sobre los míos 

Que me han de alimentar 

 

Ven, 

Baja y quédate inmóvil 

Para esculpir

Cada pliegue interno 

De tu alma entera 

Que entre sueños he de acariciar   

 

Ven, 

Baja y dame el segundo beso 

Que esta noche te vas

Y cuando vuelvas  

Serás al que empiece 

A amar



lunes, 23 de julio de 2012

El adulto


Me he hecho el adulto
para creer que ya no tengo miedo
para de tonto esconderme en una casita de bajo rédito

Me he hecho el adulto
para pensar que mis padres empiezan a estar viejos
para de tonto enseñar el mundo a los pequeños

Me he hecho el adulto
porque no puedo detener el tiempo
aprovechando los años he desperdiciado mis sueños

Me he hecho el adulto
para ocultar que de vez cuando quiero un beso
de mi madre cuando me vestía para salir al viento

Me he hecho el adulto
para quemar juguetes de viento
para pretender construir aquellos de carne y hueso

Me he hecho el adulto
sin saber que no existe el tiempo
veo que de niño nací y de niño me voy muriendo


miércoles, 15 de septiembre de 2010

Ilustración del tiempo

Más de una vez en mi mente se ha germinado la semilla ¿Qué es el tiempo?. Aparece sin color alguno, aunque en ocasiones, por capricho, decido proveerle color de maíz mojado a punto de convertirse en nixtamal. La pepita posa en tierra fértil, pues la humedad de mis curiosidades sigilosamente se acerca formándole grietas por donde la calan reciamente, apuntando que aquello es una invención del hombre, que ha sido la pura necesidad de entendernos en el espacio.

Es cuando la semilla luce otra tonalidad, es cuando parece que de ella brotará una pequeña rama de sabiduría-linaje que explique a mi rústico y escaso entendimiento si el tiempo en verdad existe.

Cuando veo el sol salir, la gente lo llama inicio de día e incluso da risa que haya nombre para lo que lo antecede, la invocada madrugada. Se dice día porque hay luz solar, se dice que en ese lapso los objetos son más claros y que en él la gente realiza la mayoría de sus labores, que cuando hay sol la gente es que vive, y cuando ese foco se aleja para alumbrar las olas del pacífico, los de este continente dormimos y que esa duración es para soñar. Como si no soñáramos con los ojos bien abiertos cuando el astro se combustiona por arriba de nuestras cabezas.

En una mesa existen granos de arena que cuadriculan las esperas, que determinan si tardaste mucho o poco para sentarte enfrente, y de día, mirarme a los ojos.

En la propia mano de mi padre viran trazos que le dictan saber que el momento ha llegado para salir de casa e iniciar una visita de ministerios. Aquellos trazos como parásitos bastardos de la madre que los acoge han adoptado el título de manecillas.

En lo alto de la pared primera de esa blanca habitación cuelgan las papeletas que gritan que ya deben llegar los días lluviosos y que pronto las puertas de una casona escolar serán abiertas para ir a sentarse a escuchar voces algo expertas.

En la piel sobre la mejilla se dibuja que los soles han descansado y que las luces artificiales han pernoctado.

La semilla empieza a germinar y me deja ver que la respuesta es el viento que danza y en su vaivén arrastra Ilusiones, que despeina y revuelca los pétalos de los delirios, es la corriente que gira sin caducidad por destino, espera nada porque no conoce plazos. Mi mente (o quizás la semilla) cede porque se sabe incompleta, porque se mira con sus propios ojos la espalda de sí misma y se sabe imperfecta, porque semejante se ha llamado mente, porque es necia y en su terquedad encuentra que respirará sólo un lapso en las entrañas del viento al que jactanciosamente ha designado tiempo.

*Cuando: Adverbio que señala un punto en el tiempo. Tengo que deshacerme de él.

lunes, 17 de mayo de 2010

Los sueños en blanco y negro

Más de ochenta personas. Mujeres, ancianos, hombres, niños en brazos y otros ya corriendo en espera de que les abran las puertas a un cielo, a un nirvana que añoran, y que por sus rostros esperanzados parece que van al encuentro con fantásticos objetos inmateriales, con mágicas medicinas que les apaciguarán y por qué no, les desaparecerán cualquier dolor físico o carencia que también sus semblantes y vestidos reflejan.

Los he visto por un par de minutos. No es la primera hora de la mañana, así que no sabré cuantas vueltas al reloj han dado las manecillas grandes ni las pequeñas desde que ellos empezaron a arremolinarse. Por los colores de las faldas, se que varios vienen de muy lejos. Bueno, en verdad no son tantos los kilómetros, pero los deplorables caminos que bajan de La Perla han instaurado un sinuoso y prolongado trayecto.

Unos señores de piel morena y manos aún más oscuras, hablan animosos entre ellos. Un joven abraza embusteramente cariñoso a una chica que en menos de tres meses podrá llamar su mujer, ambos uno encima del otro, se arriesgaron a recargarse en una de las ventana del palacio glorioso. Otra mujer regaña a sus pequeños, uno de los cuales seguro no es hijo suyo, tal vez sea hijo de su vecina o de su hermano, pero lo ha traído hasta aquí para que reciba la parte de su regalo de cielo, para que vea por primera vez que existe un mundo de caricatura, que acaricie e intente montar los coloridos carruajes de un rey europeo y que se maraville al descubrir la caja mágica más grande que pueda imaginar, aquella arca que se ríe, que espanta a los que se atreven a poseerla, ese baúl que no deja dormir y que muchas veces escribe los sueños de la noche y aún roba los de la vida.

Paso exactamente por la esquina del castillo. Aunque haciendo distintas diligencias y movimientos, los más de ochenta esperan todos ansiosos, ya no soportan más las ganas de caminar por esos pasillos blanquecinos, llenos los techos de luces como estrellas. Este palacio es tan distinto a sus habitaciones de cartón y madera. Aquí está lleno de cristales y de aparatos de sonido con etiquetas de seis mil ochocientos pesos. Aquí hay más de un baño para los invitados, aquí aprietan un botón y mágicamente aparece agua en lo que ellos no saben que se llaman excusados. En este majestuoso edificio hay una música de fondo distinta a los cánticos de los grillos de la sierra mojada, lo que les exacerba el deseo de poseer todo lo que miran, aunque no conozcan su utilidad. En esta casa de muchos pisos hay varios competidores que se prueban zapatos puntiagudos que en pisos de tierra pronto acabarán por descarapelarse.

Hay familias completas que esperan. He dado la vuelta por la esquina y las puertas han sido abiertas.
- ¡A correr!
- ¡Apúrale chamaco que el vestido rojo que quiero (aunque mi cuñada ya lo tiene, pero en amarillo) me lo van a ganar!
- Amor, ¿Nos compramos la pantalla más grandotota que veamos?
Van entrando a empujones pero ya sonríen. Unos irán a pagar primero los ciento veinticuatro pesos de esta semana, para abonar a la deuda del celular que le compraron a la hija hace catorce meses y que ya no quiere usar porque vio en la caja de colores chillantes que ya hay uno que sirve de espejo y que ninguna de sus amigas de la tele (telesecundaria) tiene todavía.

Unos vienen de La Perla , otros de la sorprendente sierra de Zongolica. Casi llego al final del palacio y recuerdo las historias que mi abuelo Abraham me contaba, de las condiciones de opresión y feudalismo que inundaban Orizaba antes de la gran huelga textil, donde unos señores funcionaban como amos de los esclavos obreros y de sus esposas e hijos.

Cuando recuerdo esas pláticas de mi abuelo regulares en mi casa por las noches, las dibujo en blanco y negro, pero este domingo veo el palacio Coppel a colores, veo la estridente blusa rosa de esa niña que juega con la muñeca de los ojos verde tomate. ¿Qué no me contó que en los años que él nacía, a los más pobres les imponían los productos que podían consumir únicamente?. ¿Qué no explicaba que los obreros pagaban hasta cuatro o cinco veces el valor real de un litro de leche?. ¿Qué no logré distinguir que él mismo se asombraba que después de tantos años los hombres parecían contentos de entregar no sólo sus horas de trabajo a las fábricas textiles, sino de entregar sus vidas completas en las libretas de registro de deudas.

¿Por qué en este palacete no cuelga a colores o aunque sea en blanco y negro un letrero:“Tienda de raya”?.