lunes, 9 de enero de 2012

El último día

De lo hermoso de la mañanas
De lo bello del horizonte insondable
Del mar incansable de California
Del viento que acaricié y enjugó lágrimas
Retribuyo el último día

De abrazos fraternos y paternos
De luces alegres y constantes
De besos tiernos y labios secos
De labores y faenas cabalmente consumadas
Recuerdo el último día

De barreras y montes recorridos
De flechas y lanzas oscuras sorteadas
De dolor que carcomía aniquilado
De suspiros con substancia de delirio
Me congratulo el último día

De la fresca brizna en mi cara
De aguas frías para humedecer mi túnica
De fuentes romanas para lavar mis manos
De frutos de generosa tierra para mi alimento
Agradezco el último día

De que vaya y de que venga
De que sueñe y de que levante vuelo
De que mis voces se conviertan en balada
De que papiro diáfano yaceré el siguiente año
Me percato el último día


XXXI/XII/MMXI
X:XXIII p.m.

lunes, 26 de diciembre de 2011

EL POEMA POR ESCRIBIR

18-12-2011
9:00 p.m.

Guardé una flor entre mis cuadernos. La sustraje de terrenos lejanos. La escogí para mí, para palpar sus colores con mis manos. Esta noche con ganas de escribirte, busco entre las cuadrículas una hoja en blanco. Que los pétalos se han separado descubro. Quizás reservan para nuestra historia, múltiples espacios.

Días atrás, el hecho relatado. Al presente, mis pensamientos están de ti inundados. Caminas en ellos y mientras te observo, melodía florece en automático. Será que ya te quiero, ni siquiera lo he pensado. Recuerdo la tarde cuando mis oídos lo escucharon de tus labios secos y semilla no fue sembrada, germinó en poema anhelado.

Mis ojos te miran y no estás a mi lado. Mi piel te siente y ya estás sobre el océano. En tierra firme mis pasos prolongarán sus jornadas. Tus andanzas llegarán a Tierra Santa desde el mar salado. Donde tus manos acariciarán mi rostro a pesar de la distancia, que fenece cuando mi alma abraza la tuya en tormenta quieta y sueño vivido encantado.

De noche consigo tu calor y pido al sol que no aparezca, que no ocasione ruido que me despierte y no te encuentre a mi lado. En la oscuridad te veo y en la mañana me tomo de tu mano. El cielo ha iluminado nuestras calles para juntos caminar acompasados. El mismo café caliente me grita que me deleite con tu belleza que el Autor te ha obsequiado.

Hoy repaso tu piel que me ha revelado resquicios que me invitan a acercar las manos. A escribir con mis dedos sobre ella la historia de dos en un aliento fusionados.

Guardé una flor entre mis cuadernos para apartar una hoja en blanco. Para escribir nuestra vida en múltiples capítulos por cada pétalo encontrado. De cuando estás lejos y de cuando estás cerca, siempre a mi lado.

sábado, 24 de diciembre de 2011

La rama

Estando en la casa de Orizaba donde crecí, recordé los coplas que salía a cantar en fechas decembrinas cuando fui niño. Siendo un poco adulto pienso que soy un niño, cuando fui un niño pensaba que era un poco adulto. Sé que siempre vivo hermosos momentos.

Aquí las coplas que tantos años canté:

Ya llegó la rama
Quítense el sombrero
Porque en esta casa vive un caballero
Vive un caballero, vive un general
Yo pido licencia para comenzar

Naranjas y limas
Limas y limones
Más linda la virgen
Que todas las flores

En un portalito, de cal y arena
Nació Jesucristo por la Noche Buena

Yo no quiero vino
Ni quiero cerveza
Yo lo que quiero
Es pasar a la mesa

Zacatito verde
Lleno de rocío
El que no se tape
Se muere de frío

A la media noche
Un gallo cantó
Y en su canto dijo
Cristo nació

Cristo nació
Por ser poderoso
Y ahora tenemos
Un niño gracioso

La calaca
Tiene un diente, tiene un diente
Y la muerte tiene dos
Si no me dan mi aguinaldo, mi aguinaldo
Ya lo pagarán con Dios
¿No copera pa´ la rama?

*Ya se va la rama muy agradecida
Porque en esta casa fue bien recibida

*Ya se va la rama muy desconsolada
Porque en esta casa no le dieron nada

(canción popular)

* Depende del recibimiento en la casa donde se canta la copla.
Por supuesto, hay más respuestas que las aquí transcritas...

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Cuando lo efímero

Sé de mi piel cuando quedas enfrente
Cuando estás ausente acerca de mí no sé

Pienso en el aire interludio cuando tus ojos me miran
Cuando en otra tierra reparas bufa pensativa la lejanía

Vibro oscilante cuando tu calor cobija
Cuando tu partida enfría temblante palpito

Río imperturbablemente cuando tus voces suenan
Cuando tu eco declina, aún no lloro, pero imposible la risa

Gozo en respiros cuando tus manos me acarician
Cuando tus pies se alejan, letargos apenas resisto

Te siento cuando cierras ventanas tempestivas:
Puntos y seguido se plasman de un capítulo furtivo
Te siento cuando abres puertas que me invitan:
Se escriben relatos de la obra completa de mi vida

jueves, 3 de noviembre de 2011

RESEÑA: La dama de las camelias

La capital francesa produce tantas historias como cualquier ciudad enorme, ya sea admirable o grotesca, pero ninguna logra que tantos de sus millares de sucesos ocurridos por segundo sean contados y por lo tanto, conocidos.

Margarita, una mujer de cascos livianos, bella por fuera y sorpresivamente cada día más hermosa por dentro, vive de las rentas de sus múltiples amantes. Se ha colgado del cariño fraternal del Conde de G. al que sólo le vende la contemplación de su rostro y al que repulsa, pues en su vida acelerada predica que la vejez no posee gracia y que “cuando te haces viejo no eres paciente, pues te das cuenta que no eres eterno”.

La transformación de la mujer que 25 días al mes porta camelias en blanco en todo sitio público en que se presenta, inicia de la mano de Armando, un joven que cae cautivado al verla por primera vez en el teatro y que está dispuesto a dejar su monótona existencia para descubrir todo lo que una pasión ensamblada a un afecto pueden producir.

Se tejen marañas, se hilvanan sentimientos ardientes, una historia que ocurre en la Francia cosmopolita y se traslada al campo, pues la ciudad termina por aburrir a Margarita, que al amar el cuerpo al que se entrega gradualmente se permite un descanso, un consuelo, quizás como una reivindicación que le acicale el alma.

“Cuando la vida en París no me enardece, me aburre, y entonces tengo aspiraciones súbitas a una existencia más tranquila…” leer esta frase que llevó a esbozar en mi mente los campos tersos y verdes, llenos de árboles frutales y el amor de Margarita y Armando rondando en este paisaje me dirigió, también súbitamente, a un recuerdo recóndito, me hizo sacar de un cajón abandonado en el cuarto de las prácticas cotidianas los recuadros de televisión en los que el amante busca y se entrega a su conquistada en la casa campirana. Casi al final de la obra descubrí que ya había tenido un contacto con esta historia, que el rostro de Armando ya tenía forma en mi mente y comprendí que la vida nos dirige hacia lo que apetecemos, ya de nosotros va continuar la historia o cerrar de carpetazo nuestros anhelos.

La celebración más próspera de haberme introducido a la novela de Alejandro Dumas es que la próxima vez que goce de visitar París, podré detenerme por un instante en la calle de Antin #9 a enterarme de qué color, ese día, la dama porta su camelia.

Y si en su ataviado día, me mira por unos segundos, le preguntaré por qué lo ha elegido.

martes, 18 de octubre de 2011

Tarde de domingo en Ciudad de México

Afuera de mi departamento imponentes nubes grises caminan a paso lento, son sábanas sucias y arrugadas que se amontonan en la cama del viento

Adentro de mi departamento, yo acostado escribo del cielo. Discuto de esa tela externa, pues cuando de mi piel hablo, temo lo que encuentro dentro

Afuera de estas paredes adivino que hay rostros sonriendo, ruedas aburridas girando, pies que se agotan y agua hirviendo

Dentro de esta caja decido permanecer para sin cuidado acariciar mi pelo, a cada momento basta mirar afuera para comprobar que mi augurio está ocurriendo

He aprendido que es más desafiante y misterioso escarbar en la galaxia que contiene mi confinado cuerpo que en absurdos mundos callejeros, burdos y de voz con huecos

Quizás ya he recabado las semillas suficientes para cosechar campos que me den sustento, quizás los frutos están en mis hombros y en mis rodillas la raíz de mis comienzos

Bastará con salir al balcón para recoger gotas que mis poros absorban y a los deseos de mi alma pongan contentos, es momento de agradecer a las nubes que (a mi casa) trajo el viento

 
16/Oct/2011
Ciudad de México, 5:55 p.m.

jueves, 25 de agosto de 2011

Escondite lejano

Miro de cerca el puente rojo, sin embargo aquí no huele a río. Tomar sorbos en este sitio, no ha sido una elección; porque en mí, hace años ha enraizado un gusto por la bebida oscura caliente, que en este instante disfruto bebiendo en una taza vieja que resalta el color de las olas que se estrellan en sus paredes blancas.
Bajo mis pies, soezmente cubiertos, cientos de ajedreces duermen en silencio. Sospecho que manos atestadas de estética se han empeñado en que se maticen de azul y blanco, un atuendo que me hace insolente como alfil en este juego cuadriculado. La belleza de esta alfombra atrae mis miradas dispersas y elevo mis palmas para no profanar belleza baja.
Metido hasta el ensanche de un callejón alcanzo a ver a lo lejos la Plaza de Comercio, lugar de honores a una oxidada estatua ecuestre, se observa amplia, pero las paredes de Augusta me aprietan para no dejarme salir al final de esta rúa. Mientras supero esta batalla, me zumbo crema de cacahuate engendrada en lejanas fincas y envuelta en harinas blancas.
Me antojo subir a las piedras calizas mediterráneas y abrirle a mis ojos las ventanas de Algarve, pretendo mojar mi piel y uñas en las aguas tibias de este mar algoso verde. Ahora distingo que una pared se asienta enfrente, uno a uno mis sentidos se develan, un aparador cristalino me confina. El movimiento de los vendedores de Rúa Augusta y del mar de Faro has sido solidificados en este sitio.
En un sitio donde mi cuerpo daría sólo ocho giros sin tener que golpearse en las paredes, han encapsulado al cadencioso Portugal. Han robado instantes de esa tierra lejana para sembrarlos en una avenida con banquetas rotas también. Han construido estantes delicados para vender alientos de sol. Han puesto fuego para oler a casas blancas de campo y me permiten entrar a este resguardo de colores azulejos a mirar la luz inagotable de un farol portugués que quizás allá, en los callejones viejos de Lisboa se haya apagado ya.

Café Lisboa
San Luis Potosí, Col. Roma, México, D.F.