Más de una vez en mi mente se ha germinado la semilla ¿Qué es el tiempo?. Aparece sin color alguno, aunque en ocasiones, por capricho, decido proveerle color de maíz mojado a punto de convertirse en nixtamal. La pepita posa en tierra fértil, pues la humedad de mis curiosidades sigilosamente se acerca formándole grietas por donde la calan reciamente, apuntando que aquello es una invención del hombre, que ha sido la pura necesidad de entendernos en el espacio.
Es cuando la semilla luce otra tonalidad, es cuando parece que de ella brotará una pequeña rama de sabiduría-linaje que explique a mi rústico y escaso entendimiento si el tiempo en verdad existe.
Cuando veo el sol salir, la gente lo llama inicio de día e incluso da risa que haya nombre para lo que lo antecede, la invocada madrugada. Se dice día porque hay luz solar, se dice que en ese lapso los objetos son más claros y que en él la gente realiza la mayoría de sus labores, que cuando hay sol la gente es que vive, y cuando ese foco se aleja para alumbrar las olas del pacífico, los de este continente dormimos y que esa duración es para soñar. Como si no soñáramos con los ojos bien abiertos cuando el astro se combustiona por arriba de nuestras cabezas.
En una mesa existen granos de arena que cuadriculan las esperas, que determinan si tardaste mucho o poco para sentarte enfrente, y de día, mirarme a los ojos.
En la propia mano de mi padre viran trazos que le dictan saber que el momento ha llegado para salir de casa e iniciar una visita de ministerios. Aquellos trazos como parásitos bastardos de la madre que los acoge han adoptado el título de manecillas.
En lo alto de la pared primera de esa blanca habitación cuelgan las papeletas que gritan que ya deben llegar los días lluviosos y que pronto las puertas de una casona escolar serán abiertas para ir a sentarse a escuchar voces algo expertas.
En la piel sobre la mejilla se dibuja que los soles han descansado y que las luces artificiales han pernoctado.
La semilla empieza a germinar y me deja ver que la respuesta es el viento que danza y en su vaivén arrastra Ilusiones, que despeina y revuelca los pétalos de los delirios, es la corriente que gira sin caducidad por destino, espera nada porque no conoce plazos. Mi mente (o quizás la semilla) cede porque se sabe incompleta, porque se mira con sus propios ojos la espalda de sí misma y se sabe imperfecta, porque semejante se ha llamado mente, porque es necia y en su terquedad encuentra que respirará sólo un lapso en las entrañas del viento al que jactanciosamente ha designado tiempo.
*Cuando: Adverbio que señala un punto en el tiempo. Tengo que deshacerme de él.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
martes, 17 de agosto de 2010
las palabras que escuché
Escuché que le hago falta a alguien, leí unas necias líneas que se han nombrado letras, además estas farsantes se han hecho pasar por palabras, y estos conjuntos oportunistas han ahogado los gritos de mi alma, han violado la castidad de mi mirada y han asesinado con la más cruel de las vejaciones las agitaciones de lo que tengo adentro, envuelto por mi piel.
Espectador pasivo y traicionado he sido por leer el mundo a través de esas simulaciones, le he impuesto disfraces a los escasos segundos de una risa enamorada, he maquillado las lágrimas saladas cuando ruedan hasta mi cuello y las seco con el dorso de mis manos mansas, he vendido mis palpitaciones a las más barata y vil de las dicciones, he tragado caramelos anestésicos cuando mis poros absorben el perfume de un sudor extravagante.
Cada paso causando huella o cansancio estricto y rutinario. Mi cuerpo y mi mente giran en espiral, circundan las fantasías de la nostalgia, pero me envuelven, me atormentan con la sonrisa que yo mismo origino para atraerlas. Me he comprado en el mostrador de la ciudad el abrigo de piel resistente, el de pelos duros que asemejan bellos hilos pero que al apenas tocarlos son púas de resarcimiento con fuerza indomable. La vestimenta es pesada y agraviosa pero la porto para la lluvia ácida de las miradas calumniadoras que pocas en el bolsillo izquierdo guardo.
Escuché con mis sensores adormecidos que le hago falta a alguien, se engañó profesando que al escribir yo lo sabría, puso máscaras y antifaces entre letras y silencios a su palpitar, le puso palabras.
Especular, traicionar, abandonar, adulterar, acrisolar…Discurrir
Espectador pasivo y traicionado he sido por leer el mundo a través de esas simulaciones, le he impuesto disfraces a los escasos segundos de una risa enamorada, he maquillado las lágrimas saladas cuando ruedan hasta mi cuello y las seco con el dorso de mis manos mansas, he vendido mis palpitaciones a las más barata y vil de las dicciones, he tragado caramelos anestésicos cuando mis poros absorben el perfume de un sudor extravagante.
Cada paso causando huella o cansancio estricto y rutinario. Mi cuerpo y mi mente giran en espiral, circundan las fantasías de la nostalgia, pero me envuelven, me atormentan con la sonrisa que yo mismo origino para atraerlas. Me he comprado en el mostrador de la ciudad el abrigo de piel resistente, el de pelos duros que asemejan bellos hilos pero que al apenas tocarlos son púas de resarcimiento con fuerza indomable. La vestimenta es pesada y agraviosa pero la porto para la lluvia ácida de las miradas calumniadoras que pocas en el bolsillo izquierdo guardo.
Escuché con mis sensores adormecidos que le hago falta a alguien, se engañó profesando que al escribir yo lo sabría, puso máscaras y antifaces entre letras y silencios a su palpitar, le puso palabras.
Especular, traicionar, abandonar, adulterar, acrisolar…Discurrir
lunes, 2 de agosto de 2010
En caso de incendio
En caso de incendio
LA VIDA
En caso de inflamación
MI MIRADA
En caso de quemadura
LA TIERRA MOJADA
En caso de tragedia
MAR SALADO
En caso de incendio
TUS MANOS
En caso de infección
UNA NUBE PROTECTORA
En caso de infortunio
CICATRICES DE LUZ
En caso de miseria
MI VOLUNTAD
En caso de incendio
ARETES DE PERLA
En caso de inflamación
PECAS EN LOS BRAZOS
En caso de quemadura
TU LUNAR CENTRAL
En caso de tragedia
PIERNAS VALIENTES
En caso de incendio
UN AHOGO COLINDANTE
En caso de infección
MIS VENAS AZULES
En caso de tribulación
TU CUELLO ERGUIDO
En caso de miseria
LA VIDA
LA VIDA
En caso de inflamación
MI MIRADA
En caso de quemadura
LA TIERRA MOJADA
En caso de tragedia
MAR SALADO
En caso de incendio
TUS MANOS
En caso de infección
UNA NUBE PROTECTORA
En caso de infortunio
CICATRICES DE LUZ
En caso de miseria
MI VOLUNTAD
En caso de incendio
ARETES DE PERLA
En caso de inflamación
PECAS EN LOS BRAZOS
En caso de quemadura
TU LUNAR CENTRAL
En caso de tragedia
PIERNAS VALIENTES
En caso de incendio
UN AHOGO COLINDANTE
En caso de infección
MIS VENAS AZULES
En caso de tribulación
TU CUELLO ERGUIDO
En caso de miseria
LA VIDA
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lunes, 17 de mayo de 2010
Los sueños en blanco y negro
Más de ochenta personas. Mujeres, ancianos, hombres, niños en brazos y otros ya corriendo en espera de que les abran las puertas a un cielo, a un nirvana que añoran, y que por sus rostros esperanzados parece que van al encuentro con fantásticos objetos inmateriales, con mágicas medicinas que les apaciguarán y por qué no, les desaparecerán cualquier dolor físico o carencia que también sus semblantes y vestidos reflejan.
Los he visto por un par de minutos. No es la primera hora de la mañana, así que no sabré cuantas vueltas al reloj han dado las manecillas grandes ni las pequeñas desde que ellos empezaron a arremolinarse. Por los colores de las faldas, se que varios vienen de muy lejos. Bueno, en verdad no son tantos los kilómetros, pero los deplorables caminos que bajan de La Perla han instaurado un sinuoso y prolongado trayecto.
Unos señores de piel morena y manos aún más oscuras, hablan animosos entre ellos. Un joven abraza embusteramente cariñoso a una chica que en menos de tres meses podrá llamar su mujer, ambos uno encima del otro, se arriesgaron a recargarse en una de las ventana del palacio glorioso. Otra mujer regaña a sus pequeños, uno de los cuales seguro no es hijo suyo, tal vez sea hijo de su vecina o de su hermano, pero lo ha traído hasta aquí para que reciba la parte de su regalo de cielo, para que vea por primera vez que existe un mundo de caricatura, que acaricie e intente montar los coloridos carruajes de un rey europeo y que se maraville al descubrir la caja mágica más grande que pueda imaginar, aquella arca que se ríe, que espanta a los que se atreven a poseerla, ese baúl que no deja dormir y que muchas veces escribe los sueños de la noche y aún roba los de la vida.
Paso exactamente por la esquina del castillo. Aunque haciendo distintas diligencias y movimientos, los más de ochenta esperan todos ansiosos, ya no soportan más las ganas de caminar por esos pasillos blanquecinos, llenos los techos de luces como estrellas. Este palacio es tan distinto a sus habitaciones de cartón y madera. Aquí está lleno de cristales y de aparatos de sonido con etiquetas de seis mil ochocientos pesos. Aquí hay más de un baño para los invitados, aquí aprietan un botón y mágicamente aparece agua en lo que ellos no saben que se llaman excusados. En este majestuoso edificio hay una música de fondo distinta a los cánticos de los grillos de la sierra mojada, lo que les exacerba el deseo de poseer todo lo que miran, aunque no conozcan su utilidad. En esta casa de muchos pisos hay varios competidores que se prueban zapatos puntiagudos que en pisos de tierra pronto acabarán por descarapelarse.
Hay familias completas que esperan. He dado la vuelta por la esquina y las puertas han sido abiertas.
- ¡A correr!
- ¡Apúrale chamaco que el vestido rojo que quiero (aunque mi cuñada ya lo tiene, pero en amarillo) me lo van a ganar!
- Amor, ¿Nos compramos la pantalla más grandotota que veamos?
Van entrando a empujones pero ya sonríen. Unos irán a pagar primero los ciento veinticuatro pesos de esta semana, para abonar a la deuda del celular que le compraron a la hija hace catorce meses y que ya no quiere usar porque vio en la caja de colores chillantes que ya hay uno que sirve de espejo y que ninguna de sus amigas de la tele (telesecundaria) tiene todavía.
Unos vienen de La Perla , otros de la sorprendente sierra de Zongolica. Casi llego al final del palacio y recuerdo las historias que mi abuelo Abraham me contaba, de las condiciones de opresión y feudalismo que inundaban Orizaba antes de la gran huelga textil, donde unos señores funcionaban como amos de los esclavos obreros y de sus esposas e hijos.
Cuando recuerdo esas pláticas de mi abuelo regulares en mi casa por las noches, las dibujo en blanco y negro, pero este domingo veo el palacio Coppel a colores, veo la estridente blusa rosa de esa niña que juega con la muñeca de los ojos verde tomate. ¿Qué no me contó que en los años que él nacía, a los más pobres les imponían los productos que podían consumir únicamente?. ¿Qué no explicaba que los obreros pagaban hasta cuatro o cinco veces el valor real de un litro de leche?. ¿Qué no logré distinguir que él mismo se asombraba que después de tantos años los hombres parecían contentos de entregar no sólo sus horas de trabajo a las fábricas textiles, sino de entregar sus vidas completas en las libretas de registro de deudas.
¿Por qué en este palacete no cuelga a colores o aunque sea en blanco y negro un letrero:“Tienda de raya”?.
Los he visto por un par de minutos. No es la primera hora de la mañana, así que no sabré cuantas vueltas al reloj han dado las manecillas grandes ni las pequeñas desde que ellos empezaron a arremolinarse. Por los colores de las faldas, se que varios vienen de muy lejos. Bueno, en verdad no son tantos los kilómetros, pero los deplorables caminos que bajan de La Perla han instaurado un sinuoso y prolongado trayecto.
Unos señores de piel morena y manos aún más oscuras, hablan animosos entre ellos. Un joven abraza embusteramente cariñoso a una chica que en menos de tres meses podrá llamar su mujer, ambos uno encima del otro, se arriesgaron a recargarse en una de las ventana del palacio glorioso. Otra mujer regaña a sus pequeños, uno de los cuales seguro no es hijo suyo, tal vez sea hijo de su vecina o de su hermano, pero lo ha traído hasta aquí para que reciba la parte de su regalo de cielo, para que vea por primera vez que existe un mundo de caricatura, que acaricie e intente montar los coloridos carruajes de un rey europeo y que se maraville al descubrir la caja mágica más grande que pueda imaginar, aquella arca que se ríe, que espanta a los que se atreven a poseerla, ese baúl que no deja dormir y que muchas veces escribe los sueños de la noche y aún roba los de la vida.
Paso exactamente por la esquina del castillo. Aunque haciendo distintas diligencias y movimientos, los más de ochenta esperan todos ansiosos, ya no soportan más las ganas de caminar por esos pasillos blanquecinos, llenos los techos de luces como estrellas. Este palacio es tan distinto a sus habitaciones de cartón y madera. Aquí está lleno de cristales y de aparatos de sonido con etiquetas de seis mil ochocientos pesos. Aquí hay más de un baño para los invitados, aquí aprietan un botón y mágicamente aparece agua en lo que ellos no saben que se llaman excusados. En este majestuoso edificio hay una música de fondo distinta a los cánticos de los grillos de la sierra mojada, lo que les exacerba el deseo de poseer todo lo que miran, aunque no conozcan su utilidad. En esta casa de muchos pisos hay varios competidores que se prueban zapatos puntiagudos que en pisos de tierra pronto acabarán por descarapelarse.
Hay familias completas que esperan. He dado la vuelta por la esquina y las puertas han sido abiertas.
- ¡A correr!
- ¡Apúrale chamaco que el vestido rojo que quiero (aunque mi cuñada ya lo tiene, pero en amarillo) me lo van a ganar!
- Amor, ¿Nos compramos la pantalla más grandotota que veamos?
Van entrando a empujones pero ya sonríen. Unos irán a pagar primero los ciento veinticuatro pesos de esta semana, para abonar a la deuda del celular que le compraron a la hija hace catorce meses y que ya no quiere usar porque vio en la caja de colores chillantes que ya hay uno que sirve de espejo y que ninguna de sus amigas de la tele (telesecundaria) tiene todavía.
Unos vienen de La Perla , otros de la sorprendente sierra de Zongolica. Casi llego al final del palacio y recuerdo las historias que mi abuelo Abraham me contaba, de las condiciones de opresión y feudalismo que inundaban Orizaba antes de la gran huelga textil, donde unos señores funcionaban como amos de los esclavos obreros y de sus esposas e hijos.
Cuando recuerdo esas pláticas de mi abuelo regulares en mi casa por las noches, las dibujo en blanco y negro, pero este domingo veo el palacio Coppel a colores, veo la estridente blusa rosa de esa niña que juega con la muñeca de los ojos verde tomate. ¿Qué no me contó que en los años que él nacía, a los más pobres les imponían los productos que podían consumir únicamente?. ¿Qué no explicaba que los obreros pagaban hasta cuatro o cinco veces el valor real de un litro de leche?. ¿Qué no logré distinguir que él mismo se asombraba que después de tantos años los hombres parecían contentos de entregar no sólo sus horas de trabajo a las fábricas textiles, sino de entregar sus vidas completas en las libretas de registro de deudas.
¿Por qué en este palacete no cuelga a colores o aunque sea en blanco y negro un letrero:“Tienda de raya”?.
viernes, 7 de mayo de 2010
El tiempo de los lápices
Un buen montón de lápices fue reloj
Unos encarnaban seis meses, otros quizás dos
Eran manecillas cuyo ritmo dependía de mi voz
Susurros y acciones sujetos a escribirse en papel
Decidir escribir a lápiz o a pluma
Era acelerar los pasos a la puerta de salida
Si las puntas menguaban, el tiempo sería menor
Si los lápices se mantenían erguidos, lapsos transcurrirían
Tiempo por venir, no del que huele a adversario
Sino del que en demasía se sabe qué transitará
Había unos negros, otros del común amarillo
Uno muy peculiar, color café, con letras de un hotel paulista
Todos con puntas agudas, pues con frecuencia
Daba pasos para hacerlos más esbeltos
Lo hacía agitando mis manos para sentir el poder
De ser el dueño del tiempo, ocasión de una sola vez
Lápices no venían más, procuraba no echar más meses al corral
Nunca los tuve contados, desidia envuelta de irresolución
Algunos días reparaba en ellos, otros ni ojos ni voz
Siempre al lado izquierdo esperando una función
Varitas inertes, pero propietarias del don mejor
Lo sabían perfecto y seguro en la noches reían atroz
Calendario extraño mi mente instituyó
No eran meses, eran lápices con huesos de carbón
No hubo estaciones, desconozco si registran el calor
Cercados por una caja plástica ahora son memorias
El fuego transgresor de la vida los ha calcinado
Y el leñador que dotó la hoguera no he sido yo
Unos encarnaban seis meses, otros quizás dos
Eran manecillas cuyo ritmo dependía de mi voz
Susurros y acciones sujetos a escribirse en papel
Decidir escribir a lápiz o a pluma
Era acelerar los pasos a la puerta de salida
Si las puntas menguaban, el tiempo sería menor
Si los lápices se mantenían erguidos, lapsos transcurrirían
Tiempo por venir, no del que huele a adversario
Sino del que en demasía se sabe qué transitará
Había unos negros, otros del común amarillo
Uno muy peculiar, color café, con letras de un hotel paulista
Todos con puntas agudas, pues con frecuencia
Daba pasos para hacerlos más esbeltos
Lo hacía agitando mis manos para sentir el poder
De ser el dueño del tiempo, ocasión de una sola vez
Lápices no venían más, procuraba no echar más meses al corral
Nunca los tuve contados, desidia envuelta de irresolución
Algunos días reparaba en ellos, otros ni ojos ni voz
Siempre al lado izquierdo esperando una función
Varitas inertes, pero propietarias del don mejor
Lo sabían perfecto y seguro en la noches reían atroz
Calendario extraño mi mente instituyó
No eran meses, eran lápices con huesos de carbón
No hubo estaciones, desconozco si registran el calor
Cercados por una caja plástica ahora son memorias
El fuego transgresor de la vida los ha calcinado
Y el leñador que dotó la hoguera no he sido yo
jueves, 18 de febrero de 2010
La mente latinoamericana mía
Si estuviera por nacer de seis vientres distintos en este momento, escogería brotar de aquella grieta morena y criolla con dolores cicatrizados en la piel y el alma. Elegiría ver la luz de un sol violento y dulce a la vez. Distinguiría que las primeras manos que tocaran mi tersa piel fueran aquellas que han labrado tierra fértil y amasan mezclas de maíz. Me empeñaría en emitir mi primer llanto desgarrante en tierra llamada americana…
Existe un aforismo acerca de la literatura latinoamericana. Se dice que Chile ha generado poetas; La Argentina, cuentistas; México, novelistas y Uruguay raros. Si hago recuentos y recorridos bibliotecarios, esto podría ser un precepto. La Mistral sintiendo los “Sonetos de la muerte” en los que: …y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir… Esa mujer con piel de aire que deja su ser sentir. Los cuentos argentinos, innumerables ficciones con firmas cortázarianas y borgianas. La novela mexicana con “Los de Abajo” como estandarte, donde la desgracia queda viva sin tiempo de caducidad. “Los relámpagos de agosto” de Ibargüengoitia aquel ágil y escurridizo (que tanto su apellido me gusta pronunciar) con humor acerca de los sueños no cumplidos de la Revolución Mexicana, aunque en verdad “Maten al león” es la que quiero leer. Y qué de mi Onetti, voluntad voluble, congruente con la vida santamariana, orgullo actual de Montevideo, de un hombre que sentía la respiración como aliento en lleno. Qué de Juana de Ibarbourou, La Juana de América, poetisa revolucionaria, presuntuosa de su género y amante de la vida misma, a la que no le refuta nada, porque así es ella – la vida-.
Siguiendo la anterior máxima, en el primer capítulo nazco mexicano. Seguiré gastando tinta en la novela diligente de mi vida sobre papel de tierras americanas. Los siguientes episodios lo mismo en montañas salvadoreñas con vientos salados del pacífico que en las sucias calles bonaerenses llenas de cafés con escasa o profusa historia (algo que contar al fin). Podrían contarse dentro de la ciudad blanca de Sucre, o en medio de los pantanos amazónicos apenas con algo de lumbre. O da igual ¿Por qué no? en el final de los campos bogotanos.
Siento mi corazón sembrado entre tierras húmedas del trópico, que algunas veces yace en los desiertos salares bolivianos y se alimenta de pastos semiverdes del bajío mexicano. No necesita lenguas extrañas para roer entre mis médulas. La esencia de mi vida se refresca con agua ligera del Orinoco y sus ojos miran el mundo desde el Aconcagua.
Si estuviera por nacer de seis vientres distintos en este momento
Escogería brotar de aquella grieta morena y criolla con dolores cicatrizados en la piel y el alma
Elegiría ver la luz de un sol violento y dulce a la vez
Distinguiría que las primeras manos que tocaran mi tersa piel fueran aquellas que han labrado tierra fértil y amasan mezclas de maíz
Me empeñaría en emitir mi primer llanto desgarrante en tierra llamada americana…
Donde también me dejaría morir
Existe un aforismo acerca de la literatura latinoamericana. Se dice que Chile ha generado poetas; La Argentina, cuentistas; México, novelistas y Uruguay raros. Si hago recuentos y recorridos bibliotecarios, esto podría ser un precepto. La Mistral sintiendo los “Sonetos de la muerte” en los que: …y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir… Esa mujer con piel de aire que deja su ser sentir. Los cuentos argentinos, innumerables ficciones con firmas cortázarianas y borgianas. La novela mexicana con “Los de Abajo” como estandarte, donde la desgracia queda viva sin tiempo de caducidad. “Los relámpagos de agosto” de Ibargüengoitia aquel ágil y escurridizo (que tanto su apellido me gusta pronunciar) con humor acerca de los sueños no cumplidos de la Revolución Mexicana, aunque en verdad “Maten al león” es la que quiero leer. Y qué de mi Onetti, voluntad voluble, congruente con la vida santamariana, orgullo actual de Montevideo, de un hombre que sentía la respiración como aliento en lleno. Qué de Juana de Ibarbourou, La Juana de América, poetisa revolucionaria, presuntuosa de su género y amante de la vida misma, a la que no le refuta nada, porque así es ella – la vida-.
Siguiendo la anterior máxima, en el primer capítulo nazco mexicano. Seguiré gastando tinta en la novela diligente de mi vida sobre papel de tierras americanas. Los siguientes episodios lo mismo en montañas salvadoreñas con vientos salados del pacífico que en las sucias calles bonaerenses llenas de cafés con escasa o profusa historia (algo que contar al fin). Podrían contarse dentro de la ciudad blanca de Sucre, o en medio de los pantanos amazónicos apenas con algo de lumbre. O da igual ¿Por qué no? en el final de los campos bogotanos.
Siento mi corazón sembrado entre tierras húmedas del trópico, que algunas veces yace en los desiertos salares bolivianos y se alimenta de pastos semiverdes del bajío mexicano. No necesita lenguas extrañas para roer entre mis médulas. La esencia de mi vida se refresca con agua ligera del Orinoco y sus ojos miran el mundo desde el Aconcagua.
Si estuviera por nacer de seis vientres distintos en este momento
Escogería brotar de aquella grieta morena y criolla con dolores cicatrizados en la piel y el alma
Elegiría ver la luz de un sol violento y dulce a la vez
Distinguiría que las primeras manos que tocaran mi tersa piel fueran aquellas que han labrado tierra fértil y amasan mezclas de maíz
Me empeñaría en emitir mi primer llanto desgarrante en tierra llamada americana…
Donde también me dejaría morir
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novela
viernes, 5 de febrero de 2010
Vuelo al sur del alma
Vuelo al sur del alma
Aún cargo algunos granos de arena. Aún se dibujan las olas y los escaños uruguayos en mis persianas cerebrales. Aún las manchas solares reposan en mi piel. Aún regreso con prendas en la valija que no usé. Aún sigo conteniendo turbes e inspiraciones por doquier. Aún sigo siendo el ser que voló el pacífico inquieto y las cordilleras cruzó para poder ver un río convertido en océano, un mar que rivera no quiere ser.
Se presentan escenas nuevas en el drama americano. A tres horas de pisar suelo nativo, los pies se vuelcan a una deriva destinataria. La última noche no se desplegó como la primera, en que las hojas blancas dejaron correr la tinta, en la que la piel seca permitió ser humedecida y en que ojos dijeron que lo divino procedía de arriba. La última luna no parecía tan plena, se ocultaba en las nubes montevideanas, capaces de bajar a tocar tierra apesadumbrada con tal de hacerle saber a los paseantes que en este rincón se cobijan almas desterradas.
Me dí cuenta que para que el alma hable y aflore no necesita luz solar, que las nubes grises son la cortina que oscurece las alcobas para que la voz humana destelle y brille sin rayos que distorsionen las esencias más recónditas del alma, para dar muerte a las reacciones furtivas con que me suelo presentar. Las sombras más oscuras son el marco para hacer lucir las pinturas de la vida diaria, del recorrer apresurado, de la rutina sofocadora, de las frases conocidas, de los saludos ya sabidos, de los caminos aniquiladores -andados con pies agotados en una irreflexión de lo que es vida-.
Las oscuridades se agradecen cuando surgen desde el barrio vecino, pero cuando se coge el vuelo a este destino austral, salir de esta vereda es una torpeza muy factible, pues es saber que los tonos de los que están pintados los más profundos adentros del alma no están en gis de pastel, sino en tonalidades incoloras, con matices grises, con esmaltes olor a carne, con gamas de verde hiel y con tornasoles de sangre.
Aún cargo algunos granos de arena. Aún se dibujan las olas y los escaños uruguayos en mis persianas cerebrales. Aún las manchas solares reposan en mi piel. Aún regreso con prendas en la valija que no usé. Aún sigo conteniendo turbes e inspiraciones por doquier. Aún sigo siendo el ser que voló el pacífico inquieto y las cordilleras cruzó para poder ver un río convertido en océano, un mar que rivera no quiere ser.
Se presentan escenas nuevas en el drama americano. A tres horas de pisar suelo nativo, los pies se vuelcan a una deriva destinataria. La última noche no se desplegó como la primera, en que las hojas blancas dejaron correr la tinta, en la que la piel seca permitió ser humedecida y en que ojos dijeron que lo divino procedía de arriba. La última luna no parecía tan plena, se ocultaba en las nubes montevideanas, capaces de bajar a tocar tierra apesadumbrada con tal de hacerle saber a los paseantes que en este rincón se cobijan almas desterradas.
Me dí cuenta que para que el alma hable y aflore no necesita luz solar, que las nubes grises son la cortina que oscurece las alcobas para que la voz humana destelle y brille sin rayos que distorsionen las esencias más recónditas del alma, para dar muerte a las reacciones furtivas con que me suelo presentar. Las sombras más oscuras son el marco para hacer lucir las pinturas de la vida diaria, del recorrer apresurado, de la rutina sofocadora, de las frases conocidas, de los saludos ya sabidos, de los caminos aniquiladores -andados con pies agotados en una irreflexión de lo que es vida-.
Las oscuridades se agradecen cuando surgen desde el barrio vecino, pero cuando se coge el vuelo a este destino austral, salir de esta vereda es una torpeza muy factible, pues es saber que los tonos de los que están pintados los más profundos adentros del alma no están en gis de pastel, sino en tonalidades incoloras, con matices grises, con esmaltes olor a carne, con gamas de verde hiel y con tornasoles de sangre.
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