sábado, 24 de diciembre de 2011

La rama

Estando en la casa de Orizaba donde crecí, recordé los coplas que salía a cantar en fechas decembrinas cuando fui niño. Siendo un poco adulto pienso que soy un niño, cuando fui un niño pensaba que era un poco adulto. Sé que siempre vivo hermosos momentos.

Aquí las coplas que tantos años canté:

Ya llegó la rama
Quítense el sombrero
Porque en esta casa vive un caballero
Vive un caballero, vive un general
Yo pido licencia para comenzar

Naranjas y limas
Limas y limones
Más linda la virgen
Que todas las flores

En un portalito, de cal y arena
Nació Jesucristo por la Noche Buena

Yo no quiero vino
Ni quiero cerveza
Yo lo que quiero
Es pasar a la mesa

Zacatito verde
Lleno de rocío
El que no se tape
Se muere de frío

A la media noche
Un gallo cantó
Y en su canto dijo
Cristo nació

Cristo nació
Por ser poderoso
Y ahora tenemos
Un niño gracioso

La calaca
Tiene un diente, tiene un diente
Y la muerte tiene dos
Si no me dan mi aguinaldo, mi aguinaldo
Ya lo pagarán con Dios
¿No copera pa´ la rama?

*Ya se va la rama muy agradecida
Porque en esta casa fue bien recibida

*Ya se va la rama muy desconsolada
Porque en esta casa no le dieron nada

(canción popular)

* Depende del recibimiento en la casa donde se canta la copla.
Por supuesto, hay más respuestas que las aquí transcritas...

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Cuando lo efímero

Sé de mi piel cuando quedas enfrente
Cuando estás ausente acerca de mí no sé

Pienso en el aire interludio cuando tus ojos me miran
Cuando en otra tierra reparas bufa pensativa la lejanía

Vibro oscilante cuando tu calor cobija
Cuando tu partida enfría temblante palpito

Río imperturbablemente cuando tus voces suenan
Cuando tu eco declina, aún no lloro, pero imposible la risa

Gozo en respiros cuando tus manos me acarician
Cuando tus pies se alejan, letargos apenas resisto

Te siento cuando cierras ventanas tempestivas:
Puntos y seguido se plasman de un capítulo furtivo
Te siento cuando abres puertas que me invitan:
Se escriben relatos de la obra completa de mi vida

jueves, 3 de noviembre de 2011

RESEÑA: La dama de las camelias

La capital francesa produce tantas historias como cualquier ciudad enorme, ya sea admirable o grotesca, pero ninguna logra que tantos de sus millares de sucesos ocurridos por segundo sean contados y por lo tanto, conocidos.

Margarita, una mujer de cascos livianos, bella por fuera y sorpresivamente cada día más hermosa por dentro, vive de las rentas de sus múltiples amantes. Se ha colgado del cariño fraternal del Conde de G. al que sólo le vende la contemplación de su rostro y al que repulsa, pues en su vida acelerada predica que la vejez no posee gracia y que “cuando te haces viejo no eres paciente, pues te das cuenta que no eres eterno”.

La transformación de la mujer que 25 días al mes porta camelias en blanco en todo sitio público en que se presenta, inicia de la mano de Armando, un joven que cae cautivado al verla por primera vez en el teatro y que está dispuesto a dejar su monótona existencia para descubrir todo lo que una pasión ensamblada a un afecto pueden producir.

Se tejen marañas, se hilvanan sentimientos ardientes, una historia que ocurre en la Francia cosmopolita y se traslada al campo, pues la ciudad termina por aburrir a Margarita, que al amar el cuerpo al que se entrega gradualmente se permite un descanso, un consuelo, quizás como una reivindicación que le acicale el alma.

“Cuando la vida en París no me enardece, me aburre, y entonces tengo aspiraciones súbitas a una existencia más tranquila…” leer esta frase que llevó a esbozar en mi mente los campos tersos y verdes, llenos de árboles frutales y el amor de Margarita y Armando rondando en este paisaje me dirigió, también súbitamente, a un recuerdo recóndito, me hizo sacar de un cajón abandonado en el cuarto de las prácticas cotidianas los recuadros de televisión en los que el amante busca y se entrega a su conquistada en la casa campirana. Casi al final de la obra descubrí que ya había tenido un contacto con esta historia, que el rostro de Armando ya tenía forma en mi mente y comprendí que la vida nos dirige hacia lo que apetecemos, ya de nosotros va continuar la historia o cerrar de carpetazo nuestros anhelos.

La celebración más próspera de haberme introducido a la novela de Alejandro Dumas es que la próxima vez que goce de visitar París, podré detenerme por un instante en la calle de Antin #9 a enterarme de qué color, ese día, la dama porta su camelia.

Y si en su ataviado día, me mira por unos segundos, le preguntaré por qué lo ha elegido.

martes, 18 de octubre de 2011

Tarde de domingo en Ciudad de México

Afuera de mi departamento imponentes nubes grises caminan a paso lento, son sábanas sucias y arrugadas que se amontonan en la cama del viento

Adentro de mi departamento, yo acostado escribo del cielo. Discuto de esa tela externa, pues cuando de mi piel hablo, temo lo que encuentro dentro

Afuera de estas paredes adivino que hay rostros sonriendo, ruedas aburridas girando, pies que se agotan y agua hirviendo

Dentro de esta caja decido permanecer para sin cuidado acariciar mi pelo, a cada momento basta mirar afuera para comprobar que mi augurio está ocurriendo

He aprendido que es más desafiante y misterioso escarbar en la galaxia que contiene mi confinado cuerpo que en absurdos mundos callejeros, burdos y de voz con huecos

Quizás ya he recabado las semillas suficientes para cosechar campos que me den sustento, quizás los frutos están en mis hombros y en mis rodillas la raíz de mis comienzos

Bastará con salir al balcón para recoger gotas que mis poros absorban y a los deseos de mi alma pongan contentos, es momento de agradecer a las nubes que (a mi casa) trajo el viento

 
16/Oct/2011
Ciudad de México, 5:55 p.m.

jueves, 25 de agosto de 2011

Escondite lejano

Miro de cerca el puente rojo, sin embargo aquí no huele a río. Tomar sorbos en este sitio, no ha sido una elección; porque en mí, hace años ha enraizado un gusto por la bebida oscura caliente, que en este instante disfruto bebiendo en una taza vieja que resalta el color de las olas que se estrellan en sus paredes blancas.
Bajo mis pies, soezmente cubiertos, cientos de ajedreces duermen en silencio. Sospecho que manos atestadas de estética se han empeñado en que se maticen de azul y blanco, un atuendo que me hace insolente como alfil en este juego cuadriculado. La belleza de esta alfombra atrae mis miradas dispersas y elevo mis palmas para no profanar belleza baja.
Metido hasta el ensanche de un callejón alcanzo a ver a lo lejos la Plaza de Comercio, lugar de honores a una oxidada estatua ecuestre, se observa amplia, pero las paredes de Augusta me aprietan para no dejarme salir al final de esta rúa. Mientras supero esta batalla, me zumbo crema de cacahuate engendrada en lejanas fincas y envuelta en harinas blancas.
Me antojo subir a las piedras calizas mediterráneas y abrirle a mis ojos las ventanas de Algarve, pretendo mojar mi piel y uñas en las aguas tibias de este mar algoso verde. Ahora distingo que una pared se asienta enfrente, uno a uno mis sentidos se develan, un aparador cristalino me confina. El movimiento de los vendedores de Rúa Augusta y del mar de Faro has sido solidificados en este sitio.
En un sitio donde mi cuerpo daría sólo ocho giros sin tener que golpearse en las paredes, han encapsulado al cadencioso Portugal. Han robado instantes de esa tierra lejana para sembrarlos en una avenida con banquetas rotas también. Han construido estantes delicados para vender alientos de sol. Han puesto fuego para oler a casas blancas de campo y me permiten entrar a este resguardo de colores azulejos a mirar la luz inagotable de un farol portugués que quizás allá, en los callejones viejos de Lisboa se haya apagado ya.

Café Lisboa
San Luis Potosí, Col. Roma, México, D.F.

domingo, 31 de julio de 2011

El mexicano, su mundo y yo

En confesión de un privilegio cotidiano, confieso que cada mañana cuando llego a mi oficina, a ese espacio de trabajo en el que diariamente el reloj deja avanzar nueve o diez horas, me recibe "El mexicano y su mundo". Un mexicano radiante que tiene espalda café, aunque su alma es muy verde, verde bandera mexicana.

En la recepción el mexicano baila, el mexicano luce en movimiento, disparatado y en armonía al mismo tiempo. Pero creo alcanzar a ver por detrás un monstruo que quiere atacarlo, una especie de alebrije con cola de escorpión, quizás la propia danza que observo es una huida, quizás no está gozoso y cada vez que le miro está a punto de derrumbarse.

La escena es de muchos colores, a veces hasta parece despedir olores de humedad, ese aliento de tierra mojada que desde pequeño me encanta respirar. En el escenario aparecen muchas formas, unas de animal/niño y otras de fruta/estrella. Parece que los actores nunca descansan pues han sido dotados de energía, de esas valiosas vibraciones de vida dentro de la vida.

Aunque el entorno de bienvenida es dominante, los otros mexicanos que trabajan en este edificio como yo, rara vez se permiten alzar los ojos y ver al mexicano y su mundo; Sin embargo, sucede un fenómeno turístico, pues muchas de los continuas delegaciones de extranjeros que visitan la Cancillería, sólo al escurrirse por las puertas giratorias se detienen y maravillados observan el acto, en el cual no participan sino como espectadores extraños sentados en una butaca escondida.

La escena fue coloreada en 1967 por Tamayo, fue plasmada en esa década en movimiento, donde sí ocurrían cosas y los mexicanos les daban nombre. 44 años después llego todos los días de entre semana al edificio de trabajo y cuando pienso que no tengo prisa (deseo que sea diario), me detengo a ver al mexicano, a su mundo; y me excita verme danzando y corriendo en un mural pintado quince años antes de que yo llegara a mi mundo que ya habíase pintado.

jueves, 30 de junio de 2011

Por si no te vuelvo a ver

Te escribo estas letras durante una noche clara
Para decirte que mis ojos aún te miran
Para decirte que algunos días te me olvidas
Te escribo estas letras en una mañana llana

Te escribo estas letras sin color ni juicio
Porque negar que me tientas me quita un respiro
Porque negar que me tientas me mantiene vivo
Te escribo estas letras con matiz y ritmo

Te escribo estas letras con sonrisa en las manos
Será que mi piel guarda tus tiernos recorridos
Será que mi piel guarda dos golpes hendidos
Te escribo estas letras para no gritar de alivio

Te escribo estas letras sin solicitar al destino
Por si no te vuelvo a ver en mis años
Por si no te vuelvo a ver en el camino
Te escribo estas letras de un amor perdido