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martes, 28 de agosto de 2012

Mi planta sabe



Hoy sé que las plantas saben de la noche
Ayer no supe que hoy lo sabría
Mañana sabré para quizás olvidarlo
Lo de la plantas
Lo de la noche nunca

Que abre sus hojas para recibir al sol
La escuché pidiéndole colación
Pequeña aunque pegada fuerte a la tierra
Comió luz para engrosar los brazos
Vistió de verde creída libre

En las penumbras recoge sus enaguas
Tiempo de descansar la noche larga
Para hilvanar sus heridas bravas
Con cantos de nubes blandas
No hagas ruido, que mañana ella canta

Pétalos verdes
Pecas color del ámbar
El que la mire de día
La sueña de noche
Para jamás olvidarla

Hoy sé que las plantas saben del día
La mía irradia al compás de venus
Come tranquila para saborear sus ganas
Come de día como planta
Para darme flores mañana 

Agosto 2012

lunes, 21 de mayo de 2012

Ayer me acordé de São Paulo



De manera constante hay terrenos de la creación, personas con gestos, árboles, edificaciones hechas por humanos y trozos de calles o alguna completa que me recuerda una emoción, que me recuerda, porque en el re, me vuelvo a asir de la cuerda.

Cada uno de esos cuerpos y escenarios entra por la pupila y ordena engendrar una imagen en mi mente, limítrofe a un sentimiento. La mayoría de las veces intento que esa memoria me deje una alegría, un placer. ¿Pero qué boca ha dicho que el placer no duele?

Ayer, mientras rodeaba Ciudad Universitaria, montado en una bicicleta prestada. Vi un espacio que por muchos años he admirado. Por su única carga histórica, artística, social y progresista. Ciertamente produjo en mi interior muchas emociones, múltiples admiraciones y una retrospectiva.

Durante el recorrido, el sitio objetivo fue la Rectoría. La explanada de los edificios cubiertos de azulejos, otras pintadas a mano que muestran la historia de estas tierras y de sus alrededores. Estas obras se volvieron mi meta en el circular arribo, pues muchas veces las había observado y elogiado desde una posición lejana, torpe e infecunda, andando en automóvil desde la Av. Insurgentes.

Llegar pedaleando en esfuerzo físico. Recorrer las cuadrículas maniobrando en mi trasporte fue un juego divertido y de renovación para mis entretenimientos infantiles. Admirar las fastuosas escalinatas. Buscar y descender por la rampa para seguir recorriendo los jardines.

Jugar a revolotear los ojos para encontrar un ventilador amarillento y después un monitor dentro de las oficinas centrales. Contar las lámparas de piso que imaginé semejantes a enormes pelotas de un campo mexica, sólo que en estas de piedra rojiza, podría hasta sentarme a descansar.

Dirigirse hasta las construcciones más bajas para poder comprobar con mis propias palmas que eran azulejos los que integraban el mural, mientras me dejaba hurgar y deslumbrar por el sol complaciente, también acompañante de mi visita matutina.

Y ver los pasos, los túneles que me echaron en cara otra ciudad, otra tierra, otra humedad. Ahí vi y me regocijé con la líneas arquitectónicas que emularon São Paulo.

Los formadores de este emporio con sus calles, sus verdes, sus silencios y sus grietas tuvieron que estar en sintonía, tuvieron que conversar en algún momento o por años con los paulistas. Hojearon los mismos diarios o pienso que respiraron los mismos aires que de norte a sur viajaron.

Ahora ya no sólo tendré el túnel del Museo Nacional de Antropología para sentir y soñar que a São Paulo viajo.

Vendré a Ciudad Universitaria a rodar entre sus verdes explanadas, a maravillarme con piedras volcánicas, a ver carteles de movimientos estudiantiles, a observar niños y viejos caminando en las cortes escolares.

Apareceré y bajaré una pendiente de piedra que fue domada hasta quedar lisa para mi trote. Andaré entre pasillos abiertos y ahí, le daré otro beso a mi acompañante que también viajó a São Paulo, sino por lo que sus ojos veían,  por lo que yo entre voces y  silencios le contaba.



domingo, 31 de julio de 2011

El mexicano, su mundo y yo

En confesión de un privilegio cotidiano, confieso que cada mañana cuando llego a mi oficina, a ese espacio de trabajo en el que diariamente el reloj deja avanzar nueve o diez horas, me recibe "El mexicano y su mundo". Un mexicano radiante que tiene espalda café, aunque su alma es muy verde, verde bandera mexicana.

En la recepción el mexicano baila, el mexicano luce en movimiento, disparatado y en armonía al mismo tiempo. Pero creo alcanzar a ver por detrás un monstruo que quiere atacarlo, una especie de alebrije con cola de escorpión, quizás la propia danza que observo es una huida, quizás no está gozoso y cada vez que le miro está a punto de derrumbarse.

La escena es de muchos colores, a veces hasta parece despedir olores de humedad, ese aliento de tierra mojada que desde pequeño me encanta respirar. En el escenario aparecen muchas formas, unas de animal/niño y otras de fruta/estrella. Parece que los actores nunca descansan pues han sido dotados de energía, de esas valiosas vibraciones de vida dentro de la vida.

Aunque el entorno de bienvenida es dominante, los otros mexicanos que trabajan en este edificio como yo, rara vez se permiten alzar los ojos y ver al mexicano y su mundo; Sin embargo, sucede un fenómeno turístico, pues muchas de los continuas delegaciones de extranjeros que visitan la Cancillería, sólo al escurrirse por las puertas giratorias se detienen y maravillados observan el acto, en el cual no participan sino como espectadores extraños sentados en una butaca escondida.

La escena fue coloreada en 1967 por Tamayo, fue plasmada en esa década en movimiento, donde sí ocurrían cosas y los mexicanos les daban nombre. 44 años después llego todos los días de entre semana al edificio de trabajo y cuando pienso que no tengo prisa (deseo que sea diario), me detengo a ver al mexicano, a su mundo; y me excita verme danzando y corriendo en un mural pintado quince años antes de que yo llegara a mi mundo que ya habíase pintado.

jueves, 30 de septiembre de 2010

La leyenda de los 202 millones de ojos

Desde pequeño he creído que nadie más puede ver del mismo color como yo miro lo que existe. Que nadie más puede asimilar el mismo verde cuando veo las hojas de la menta, que sí dos decimos ¿Te has fijado: es verde el pasto? Seguro que mi verde es un poco más claro que el morado con el que el otro identifica el interior jugoso de una ciruela, pero ambos le hemos puesto cinco letras que lo llaman como verde.

ay un tono que veo adentro de mis ojos, pues cuando lo busco en el exterior se desvanece y con las líneas del sol se oculta. Me gusta, es blanco. Desconozco si como el que ven los demás, pero revelo que es mi predilecto. Certifico que lo que se pinta con su color escasamente es desvirtuado. Tal vez por eso es difícil verlo en las calles, porque lo transpiro y por las noches me toma de la mano, abre la puerta de mi almohada y con ternura me guía a los pasadizos del mundo real.

Mi rojo no es el rojo de la sangre que se derrama del dedo rajado por un cuchillo con poco filo cuando han rebanado un jitomate en una cocina comúnmente sucia. Rojo me suena a peste, me huele a cansancio y me sabe a muerte. Si va acompañado de gotas de lluvia, entonces es más oloroso, pues se desparrama por las venas de esta ciudad, la oxida y la vuelve más gris (afligida). Rojo revolotea y se ve entre los efectos sensoriales que brotan más allá de la piel, provenientes desde mis entrañas.

Hay tres colores que se soldaron, hay tres espectros unidos con costuras hechas por la luna. Son tres, hechos uno. Es uno conformado por tres. Mis dos y más de doscientos millones de ojos dicen que les pertenecen, que en ellos está escrita la historia de la tierra que pisamos y trasquilamos a diario.

Nadie vera igual cada uno de estos colores, ni mucho menos la alianza. Mi verde, mi blanco y mi rojo son de matiz vivo. Los impregno de vida con acuarelas hechas de plumas multicolores de pájaros mayas. Quizá el blanco es mi favorito porque en él posa un ave. Pues ni mis dos ojos ven igual los colores y es en el blanco que ha quedado en medio, donde se unen mis miradas y donde se toman de las manos mis ambos ojos. Ahora les pido a ellos que también miren el azul del cielo. Que creen un aroma de las nubes altas que están sobre nosotros. Estoy de pie en la tierra, pero pocas veces levanto mi cabeza para elevar mi mirada. Ese es el límite del lienzo, que con más de doscientos dos millones de manos se puede pintar del color sueños.