martes, 12 de octubre de 2010

De Guatemala y Nicaragua

Tengo que justificar por qué elegí estos dos países para investigar sus políticas públicas y cómo sus regímenes políticos injieren en la democratización de la información pública.

No hay más. La primera razón es los recuerdos que tengo de uno de ellos, la conexión que mi corazón y los álbumes calcados que acopio en mi archivo mental tienen con la tierra guatemalteca. Porque ellos (los mayores pobladores de Centroamérica) voltean hacia arriba del mapa para ver a un país que admiran y apetecen, pero que se pudre en la mediocridad, que a su vez, se cree inferior cuando no se plantea que puede ser la gran civilización de un nuevo siglo.

Del interés por la Nicaragua, viene desde el nombre. Suena a agua y a nica, seguro huele a hierba y a lago abundante. Es realmente bello cuando ves su forma geográfica que se parece tanto a mi país (representa menos del 10% del territorio mexicano), pero ellos han sufrido tanto, han soportado dictaduras de una familia sanguinaria que los ha dejado en la miseria, comparten con Bolivia ser de los países con IDH más bajo de la América continental.

Una tarde de hace algunos meses, sentado en una fresca casa queretana, leía en una revista de portada roja acerca de las estrategias de la pareja presidencial nicaragüense para hacer de su poder político un movimiento religioso. Una dominación a través de supuestos encargos divinos. Me desanimó que los Ortega se envuelvan en la bandera sandinista cuando aspiran a ser la reencarnación americana de los Ceaucescu.

Un medio día de hace alguna semanas, veía a unos metros de mí el rostro de Colom en un evento de incipiente celebración bicentenaria, pero mis ojos repararon en su cuerpo, en sus manos, en la curvatura de sus espaldas, cansadas. Deseé que el cansancio procediera de sus casi sesenta años atrás y no de la esforzada tarea por engrandecer su pueblo. Esa misma tarde miré a menos metros, una inspiradora sonrisa alegre y regordeta de la mujer más orgullosamente guatemalteca.

De Guatemala, los quetzales
De Nicaragua, el lago Nicaragua
De Guatemala, el encanto de sus mujeres artesanas
De Nicaragua, la duda a Violeta Barrios vda. de Chamorro

De Guatemala la primera nación extranjera que pisaron mis pies.
De Nicaragua, la última que pisarán este año.
¿Podré justificar con esto mi tesis?

jueves, 30 de septiembre de 2010

La leyenda de los 202 millones de ojos

Desde pequeño he creído que nadie más puede ver del mismo color como yo miro lo que existe. Que nadie más puede asimilar el mismo verde cuando veo las hojas de la menta, que sí dos decimos ¿Te has fijado: es verde el pasto? Seguro que mi verde es un poco más claro que el morado con el que el otro identifica el interior jugoso de una ciruela, pero ambos le hemos puesto cinco letras que lo llaman como verde.

ay un tono que veo adentro de mis ojos, pues cuando lo busco en el exterior se desvanece y con las líneas del sol se oculta. Me gusta, es blanco. Desconozco si como el que ven los demás, pero revelo que es mi predilecto. Certifico que lo que se pinta con su color escasamente es desvirtuado. Tal vez por eso es difícil verlo en las calles, porque lo transpiro y por las noches me toma de la mano, abre la puerta de mi almohada y con ternura me guía a los pasadizos del mundo real.

Mi rojo no es el rojo de la sangre que se derrama del dedo rajado por un cuchillo con poco filo cuando han rebanado un jitomate en una cocina comúnmente sucia. Rojo me suena a peste, me huele a cansancio y me sabe a muerte. Si va acompañado de gotas de lluvia, entonces es más oloroso, pues se desparrama por las venas de esta ciudad, la oxida y la vuelve más gris (afligida). Rojo revolotea y se ve entre los efectos sensoriales que brotan más allá de la piel, provenientes desde mis entrañas.

Hay tres colores que se soldaron, hay tres espectros unidos con costuras hechas por la luna. Son tres, hechos uno. Es uno conformado por tres. Mis dos y más de doscientos millones de ojos dicen que les pertenecen, que en ellos está escrita la historia de la tierra que pisamos y trasquilamos a diario.

Nadie vera igual cada uno de estos colores, ni mucho menos la alianza. Mi verde, mi blanco y mi rojo son de matiz vivo. Los impregno de vida con acuarelas hechas de plumas multicolores de pájaros mayas. Quizá el blanco es mi favorito porque en él posa un ave. Pues ni mis dos ojos ven igual los colores y es en el blanco que ha quedado en medio, donde se unen mis miradas y donde se toman de las manos mis ambos ojos. Ahora les pido a ellos que también miren el azul del cielo. Que creen un aroma de las nubes altas que están sobre nosotros. Estoy de pie en la tierra, pero pocas veces levanto mi cabeza para elevar mi mirada. Ese es el límite del lienzo, que con más de doscientos dos millones de manos se puede pintar del color sueños.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Ilustración del tiempo

Más de una vez en mi mente se ha germinado la semilla ¿Qué es el tiempo?. Aparece sin color alguno, aunque en ocasiones, por capricho, decido proveerle color de maíz mojado a punto de convertirse en nixtamal. La pepita posa en tierra fértil, pues la humedad de mis curiosidades sigilosamente se acerca formándole grietas por donde la calan reciamente, apuntando que aquello es una invención del hombre, que ha sido la pura necesidad de entendernos en el espacio.

Es cuando la semilla luce otra tonalidad, es cuando parece que de ella brotará una pequeña rama de sabiduría-linaje que explique a mi rústico y escaso entendimiento si el tiempo en verdad existe.

Cuando veo el sol salir, la gente lo llama inicio de día e incluso da risa que haya nombre para lo que lo antecede, la invocada madrugada. Se dice día porque hay luz solar, se dice que en ese lapso los objetos son más claros y que en él la gente realiza la mayoría de sus labores, que cuando hay sol la gente es que vive, y cuando ese foco se aleja para alumbrar las olas del pacífico, los de este continente dormimos y que esa duración es para soñar. Como si no soñáramos con los ojos bien abiertos cuando el astro se combustiona por arriba de nuestras cabezas.

En una mesa existen granos de arena que cuadriculan las esperas, que determinan si tardaste mucho o poco para sentarte enfrente, y de día, mirarme a los ojos.

En la propia mano de mi padre viran trazos que le dictan saber que el momento ha llegado para salir de casa e iniciar una visita de ministerios. Aquellos trazos como parásitos bastardos de la madre que los acoge han adoptado el título de manecillas.

En lo alto de la pared primera de esa blanca habitación cuelgan las papeletas que gritan que ya deben llegar los días lluviosos y que pronto las puertas de una casona escolar serán abiertas para ir a sentarse a escuchar voces algo expertas.

En la piel sobre la mejilla se dibuja que los soles han descansado y que las luces artificiales han pernoctado.

La semilla empieza a germinar y me deja ver que la respuesta es el viento que danza y en su vaivén arrastra Ilusiones, que despeina y revuelca los pétalos de los delirios, es la corriente que gira sin caducidad por destino, espera nada porque no conoce plazos. Mi mente (o quizás la semilla) cede porque se sabe incompleta, porque se mira con sus propios ojos la espalda de sí misma y se sabe imperfecta, porque semejante se ha llamado mente, porque es necia y en su terquedad encuentra que respirará sólo un lapso en las entrañas del viento al que jactanciosamente ha designado tiempo.

*Cuando: Adverbio que señala un punto en el tiempo. Tengo que deshacerme de él.

martes, 17 de agosto de 2010

las palabras que escuché

Escuché que le hago falta a alguien, leí unas necias líneas que se han nombrado letras, además estas farsantes se han hecho pasar por palabras, y estos conjuntos oportunistas han ahogado los gritos de mi alma, han violado la castidad de mi mirada y han asesinado con la más cruel de las vejaciones las agitaciones de lo que tengo adentro, envuelto por mi piel.
Espectador pasivo y traicionado he sido por leer el mundo a través de esas simulaciones, le he impuesto disfraces a los escasos segundos de una risa enamorada, he maquillado las lágrimas saladas cuando ruedan hasta mi cuello y las seco con el dorso de mis manos mansas, he vendido mis palpitaciones a las más barata y vil de las dicciones, he tragado caramelos anestésicos cuando mis poros absorben el perfume de un sudor extravagante.
Cada paso causando huella o cansancio estricto y rutinario. Mi cuerpo y mi mente giran en espiral, circundan las fantasías de la nostalgia, pero me envuelven, me atormentan con la sonrisa que yo mismo origino para atraerlas. Me he comprado en el mostrador de la ciudad el abrigo de piel resistente, el de pelos duros que asemejan bellos hilos pero que al apenas tocarlos son púas de resarcimiento con fuerza indomable. La vestimenta es pesada y agraviosa pero la porto para la lluvia ácida de las miradas calumniadoras que pocas en el bolsillo izquierdo guardo.
Escuché con mis sensores adormecidos que le hago falta a alguien, se engañó profesando que al escribir yo lo sabría, puso máscaras y antifaces entre letras y silencios a su palpitar, le puso palabras.
Especular, traicionar, abandonar, adulterar, acrisolar…Discurrir

lunes, 2 de agosto de 2010

En caso de incendio

En caso de incendio
LA VIDA
En caso de inflamación
MI MIRADA
En caso de quemadura
LA TIERRA MOJADA
En caso de tragedia
MAR SALADO
En caso de incendio
TUS MANOS
En caso de infección
UNA NUBE PROTECTORA
En caso de infortunio
CICATRICES DE LUZ
En caso de miseria
MI VOLUNTAD
En caso de incendio
ARETES DE PERLA
En caso de inflamación
PECAS EN LOS BRAZOS
En caso de quemadura
TU LUNAR CENTRAL
En caso de tragedia
PIERNAS VALIENTES
En caso de incendio
UN AHOGO COLINDANTE
En caso de infección
MIS VENAS AZULES
En caso de tribulación
TU CUELLO ERGUIDO
En caso de miseria
LA VIDA

lunes, 17 de mayo de 2010

Los sueños en blanco y negro

Más de ochenta personas. Mujeres, ancianos, hombres, niños en brazos y otros ya corriendo en espera de que les abran las puertas a un cielo, a un nirvana que añoran, y que por sus rostros esperanzados parece que van al encuentro con fantásticos objetos inmateriales, con mágicas medicinas que les apaciguarán y por qué no, les desaparecerán cualquier dolor físico o carencia que también sus semblantes y vestidos reflejan.

Los he visto por un par de minutos. No es la primera hora de la mañana, así que no sabré cuantas vueltas al reloj han dado las manecillas grandes ni las pequeñas desde que ellos empezaron a arremolinarse. Por los colores de las faldas, se que varios vienen de muy lejos. Bueno, en verdad no son tantos los kilómetros, pero los deplorables caminos que bajan de La Perla han instaurado un sinuoso y prolongado trayecto.

Unos señores de piel morena y manos aún más oscuras, hablan animosos entre ellos. Un joven abraza embusteramente cariñoso a una chica que en menos de tres meses podrá llamar su mujer, ambos uno encima del otro, se arriesgaron a recargarse en una de las ventana del palacio glorioso. Otra mujer regaña a sus pequeños, uno de los cuales seguro no es hijo suyo, tal vez sea hijo de su vecina o de su hermano, pero lo ha traído hasta aquí para que reciba la parte de su regalo de cielo, para que vea por primera vez que existe un mundo de caricatura, que acaricie e intente montar los coloridos carruajes de un rey europeo y que se maraville al descubrir la caja mágica más grande que pueda imaginar, aquella arca que se ríe, que espanta a los que se atreven a poseerla, ese baúl que no deja dormir y que muchas veces escribe los sueños de la noche y aún roba los de la vida.

Paso exactamente por la esquina del castillo. Aunque haciendo distintas diligencias y movimientos, los más de ochenta esperan todos ansiosos, ya no soportan más las ganas de caminar por esos pasillos blanquecinos, llenos los techos de luces como estrellas. Este palacio es tan distinto a sus habitaciones de cartón y madera. Aquí está lleno de cristales y de aparatos de sonido con etiquetas de seis mil ochocientos pesos. Aquí hay más de un baño para los invitados, aquí aprietan un botón y mágicamente aparece agua en lo que ellos no saben que se llaman excusados. En este majestuoso edificio hay una música de fondo distinta a los cánticos de los grillos de la sierra mojada, lo que les exacerba el deseo de poseer todo lo que miran, aunque no conozcan su utilidad. En esta casa de muchos pisos hay varios competidores que se prueban zapatos puntiagudos que en pisos de tierra pronto acabarán por descarapelarse.

Hay familias completas que esperan. He dado la vuelta por la esquina y las puertas han sido abiertas.
- ¡A correr!
- ¡Apúrale chamaco que el vestido rojo que quiero (aunque mi cuñada ya lo tiene, pero en amarillo) me lo van a ganar!
- Amor, ¿Nos compramos la pantalla más grandotota que veamos?
Van entrando a empujones pero ya sonríen. Unos irán a pagar primero los ciento veinticuatro pesos de esta semana, para abonar a la deuda del celular que le compraron a la hija hace catorce meses y que ya no quiere usar porque vio en la caja de colores chillantes que ya hay uno que sirve de espejo y que ninguna de sus amigas de la tele (telesecundaria) tiene todavía.

Unos vienen de La Perla , otros de la sorprendente sierra de Zongolica. Casi llego al final del palacio y recuerdo las historias que mi abuelo Abraham me contaba, de las condiciones de opresión y feudalismo que inundaban Orizaba antes de la gran huelga textil, donde unos señores funcionaban como amos de los esclavos obreros y de sus esposas e hijos.

Cuando recuerdo esas pláticas de mi abuelo regulares en mi casa por las noches, las dibujo en blanco y negro, pero este domingo veo el palacio Coppel a colores, veo la estridente blusa rosa de esa niña que juega con la muñeca de los ojos verde tomate. ¿Qué no me contó que en los años que él nacía, a los más pobres les imponían los productos que podían consumir únicamente?. ¿Qué no explicaba que los obreros pagaban hasta cuatro o cinco veces el valor real de un litro de leche?. ¿Qué no logré distinguir que él mismo se asombraba que después de tantos años los hombres parecían contentos de entregar no sólo sus horas de trabajo a las fábricas textiles, sino de entregar sus vidas completas en las libretas de registro de deudas.

¿Por qué en este palacete no cuelga a colores o aunque sea en blanco y negro un letrero:“Tienda de raya”?.

viernes, 7 de mayo de 2010

El tiempo de los lápices

Un buen montón de lápices fue reloj
Unos encarnaban seis meses, otros quizás dos
Eran manecillas cuyo ritmo dependía de mi voz
Susurros y acciones sujetos a escribirse en papel

Decidir escribir a lápiz o a pluma
Era acelerar los pasos a la puerta de salida
Si las puntas menguaban, el tiempo sería menor
Si los lápices se mantenían erguidos, lapsos transcurrirían
Tiempo por venir, no del que huele a adversario
Sino del que en demasía se sabe qué transitará

Había unos negros, otros del común amarillo
Uno muy peculiar, color café, con letras de un hotel paulista
Todos con puntas agudas, pues con frecuencia
Daba pasos para hacerlos más esbeltos
Lo hacía agitando mis manos para sentir el poder
De ser el dueño del tiempo, ocasión de una sola vez

Lápices no venían más, procuraba no echar más meses al corral
Nunca los tuve contados, desidia envuelta de irresolución
Algunos días reparaba en ellos, otros ni ojos ni voz
Siempre al lado izquierdo esperando una función
Varitas inertes, pero propietarias del don mejor
Lo sabían perfecto y seguro en la noches reían atroz

Calendario extraño mi mente instituyó
No eran meses, eran lápices con huesos de carbón
No hubo estaciones, desconozco si registran el calor
Cercados por una caja plástica ahora son memorias
El fuego transgresor de la vida los ha calcinado
Y el leñador que dotó la hoguera no he sido yo